Miguel Bomar, a mi manera de entender, es uno de los periodistas argentinos mas distinguidos, pioneros y talentosos dentro del ambiente radial hispano en los Estados Unidos. Al suceder esta historia, Miguel era mi Director en el Departamento Latinoamericano de la radio internacional WRUL, con sede en Manhattan, Nueva York. Trabajamos juntos no solo en WRUL y WHOM-FM, de Nueva York, y en la Voz de America, en Washington, sino que fuimos companeros en varias aventuras profesionales durante los anos en que las oportunidades del Nueva York hispano, eran mas o menos escasas. Siempre me distinguio con su amistad.
Prologo
En el desierto del norte mexicano terminaba otro día de calor seco, de polvo blanquizco pegado a la escasa vegetación verde y a las casas chatas de la ciudad de Tijuana, al noroeste mexicano. Esta casi unida al pequeño pueblo norteamericano de San Ysidro, que no es otra cosa que la puerta de entrada al Estado de California, a diez minutos de San Diego, a un par de horas de Los Angeles, la cuarta ciudad más poblada de los Estados Unidos y a la que se llega fácilmente por una de las supercarreteras más concurridas en el suroeste de este inmenso país.
Siempre super-poblada de turistas extranjeros, pero mayormente de norteamericanos buscando aventuras prohibidas, su población está repleta de pobres y de trabajadores que diariamente pasan la frontera para ir a sus ocupaciones, al mercado o a visitar a sus amigos viviendo en un pequeño radio donde el "Gran Vecino" cubre sus necesidades laborales para su propia conveniencia financiera.
Una ciudad con dos caras marcadamente diferentes: en el día, la parte baja o "el centro" recibe a familias que disfrutan de sus restaurantes repletos de sabrosa comida y vistoso entretenimiento musical mientras que, en la noche, los mismos centros se convierten en bares con mesoneras desnudas sirviendo a clientes buscando deseos sexuales baratos, licor, droga y un sin fin de pecados capitales peligrosos.
Es el sitio ideal para dar rienda suelta a todos los gustos y hasta para solucionar algunos problemitas difÍciles de encontrar a simple vista en los Estados Unidos. Como por ejemplo: si alguien esta de novio y quiere casarse urgentemente ya escondidas, allí hay oficinillas ofreciendo matrimonios instantáneos y sin preguntas; Si ese mismo alguien quiere terminar su union matrimonial horas, días o meses después de haberlo consumado o no, también hay sitios en los que le ofrecen divorcios inmediatos sin importar razones legales. Nuevamente. Si ese alguien no tiene dinero suficiente como para arreglar su automóvil en un garage norteamericano caro, allí encuentra precios cómodos siempre y cuando no le importe una mano de obra mediocre, de novato o aprendíz de mecánico. Las farmacias venden sus remedios sin una receta del médico, cosa que es imposible de conseguir en los Estados Unidos, a poco menos de la mitad del precio fijado en el mercado americano.
Tijuana es una ciudad de fácil vivir para quienes estan acostumbrados a las restricciones socio-económicas del "Gran Vecino". Es una ciudad con choapinos multicolores colgados en las puertas de sus pequeños negocios céntricos exhibiendo baratijas en la acera, para invitar a sus centenares de turistas que, apilados en grupos, caminan lentamente por las calles pidiendo rebajas, mirando a los nativos, bebiendo , vitriniando, etc.,etc. Es la única arma efectiva que los comerciantes legítimos tienen para combatir a los vendedores ambulantes ofreciendo toda clase de mercaderías a precios más bajos y sin impuestos. Es la ciudad con letreros escritos en un inglés mal deletreado, precios bajos y mercaderias nacionales o europeas con las que intentan competir con las cadenas comerciales anglosajonas que ofrecen su material propio, a un gran costo y traido desde los Estados Unidos.
Sus autobuses de colores antojadizos parten desde las calles anchas y bien pavimentadas en el sector céntrico, las que van transformandose miserablemente a medida que llegan a los barrios circunvecinos, donde se las comen la tierra, las piedras, los hoyos y la mugre acumulada casi por toda una vida. Van repletos de pasajeros colgados con destino a barrios de casas construídas con latones y madera reseca, sin baños, rodeadas por aguas malolientes, estancadas por años, con niños desnudos persiguiendo a perros cadavéricos o pateando latas vacías que todos botan, sin preocuparse por el medio ambiente.
Pero también está la antitésis. Porque en las Colonias, como se le llama en México a los sectores elegantes y caros, la transportación colectiva es poca y sus habitantes se mueven mayormente en elegantes vehículos traídos desde los Estados Unidos.
Sin embargo y pese a todo, durante el dia, por lo menos, es una ciudad llena de alegría, de mariachis por doquier, de fotógrafos callejeros con colorida carreta tirada por un burro flaco, pintado a rayas, simulando a una zebra africana. Tienen una Plaza de Toros relativamente grande, en la que ofrecen corrida al estilo espanol pero con un sabor un tanto dormilon. Hay hoteles americanos, pensiones baratas, bares, bares y más bares. También proliferan los pequeños cafés, donde trios de viejos y desconocidos artistas locales, con afiatadas voces románticas, cantan antiguos y añorados boleros llenos de amor, de felicidad y de aquel encanto mexicano que ilusionó a las juventudes de nuestros pueblos hispanos, en épocas pasadas.
Quizás, al igual que en otras partes del mundo, Tijuana es la típica ciudad arrimada a la frontera de un país económicamente poderoso. Y, como consecuencia lógica de este fenómeno, es el sitio perfecto para individuos de todo el hemisferio que llegan con la esperanza de viajar ilegalmente hacia un futuro mejor, lleno de posibilidades y, en la mayoría de los casos, como única esperanza de mejorar financieramente y poder mantener con dignidad a sus familiares dejados atrás.
¿ Alguna similitud con cierta ciudad fronteriza que usted conoce? Qué tal, por ejemplo, entre ¿Tacna-Arica? (Chile-Perú) ¿Mendoza-Los Andes? (Argentina-Chile) ¿Cúcuta-San Cristóbal? (Colombia-Venezuela). O quizás, en Europa. ¿Qué tal Graz, Maribor, Gyor? (Austria-Yugoslavia-Hungría) ¿Turín, Ginebra, Besancón? (Italia-Suiza-Francia)
Desde Tijuana, en el estado mexicano de Baja California, parten a diario una serie de caravanas destinadas a pasar ilegales a territorio norteamericano. Estan intimamente relacionados con el contrabando, las drogas, los gangsters y todos lo que signifique irregularidad y antilegal.
Llevados por la necesidad, sus clientes pasan a los Estados Unidos en una odisea llena de sufrimientos, se encaran a terribles enfermedades y se juegan la vida en cada segundo del día, comenzando por el momento mismo de iniciar su viaje. Sus guias son conocidos como los "coyotes", cuando solo se trata de hacerlos pasar a territorio norteamericano, y "burros" cuando el cliente es el mensajero de las drogas.
En todo momento, de principio y hasta el fin, las condiciones de la travesía son extremadamente difíciles y crueles porque, una vez que consiguen llegar al "otro lado de la frontera" las autoridades anglosajonas, que por ley los considera delincuentes comúnes, los trata como tal, los persigue sin condiciones, los coloca en la cárcel y los deporta casi de inmediato.
Minuto a minuto, día o noche, escapan milagrosamente no sólo de la policía local sino que, muy especialmente, de la inmigración norteamericana, que en su localismo tildan de "La Migra", la policia fronteriza, de los alguaciles y hasta de sus propios compatriotas que, en muchos casos, los denuncian para cobrar su recompensa en dólares. Todos esperan tranquilamente el momento preciso para arrestarlos, para humillarlos y para deportarlos de regreso a la frontera.
CAPITULO 1
Esa noche Gonzalo se paseaba desconcertado y aburrido por las calles principales de la pequeña ciudad después de haber llegado, hacía sólo un par de horas, desde la capital mexicana. Caminaba observando con extrañeza las diferentes atracciones ofrecidas por los negocios nocturnos y guardando la esperanza de encontrar la manera de atravezar por esa frontera hacia los Estados Unidos, en dirección a Los Angeles, primero, y a Nueva York, luego.
Hoy estaba tan cerca, a solo unas pocas horas de su primera etapa, sin los medios económicos necesarios ni la visa que le abriera las puertas.
Se había parado en la esquina más importante del sector céntrico a la espera de que, de un momento a otro, se le acercara alguien para ofrecerle lo que allí llamaban "el negocio de pasar de la frontera pa'dentro". Se detuvo frente a la luz roja del semáforo.
---"Quieres venir conmigo, chulo?", le preguntó una prostituta. No hubo mayores consecuencias.
La avenida terminaba unas cuadras mas allá. Ahora entraba en un sector obscuro de esa calle huérfana de letreros luminosos y pobremente alumbrada por un par de faroles municipales. Decidió seguir caminando otro poco.
Al fondo de lo que ahora era un callejon miserable, divisó la luz de una cafetería aislada. Pensó beber algo y regresarse de inmediato para evitar, así, cualquiera dificultad. Casi estaba allí cuando, como de la nada, apareció un hombre regordete, de estatura baja pero relativamente bien vestido. Se sintió extrañado al verle acercarse. No sabía que esperar de lo que iba a suceder.
---" Por doscientos pesos te vendo una mica", dijo el tipo con cierta cautela.
---"Una mica¡de qué!" preguntó el muchacho con aparente temor en su voz.
---"Pos¡Cómo que de qué...! Pos, una mica de la migra...¡D'esas que s'usan pa'llá, pa'ir p'al field...Pa' la frontera, pos, maestro!", fue la respuesta del hombre misterioso.
Poseído, quizás, por una gran duda, Gonzalo comenzó a caminar lentamente hasta ubicarse debajo del escuálido farol, más cerca de la luz. No había la menor posibilidad de ayuda en caso de necesitarla. Nadie se veía a lo largo del callejón. El hombre lo siguió relativamente de cerca, encendió un cigarrillo y se adelantó otro poco hasta casi tocar la espalda del jóven con su gran barriga.
Gonzalo recordó haber leído una noticia sobre aquel sistema de inmigración ilegal. Saltó entónces a su mente, aquello de los famosos"coyotes", como le dicen en terminología fronteriza a quienes manejan el negocio de pasar ilegales a los Estados Unidos, cobrándoles precios prohibitivos, omitiendoles los detalles sobre la manera inhumana conque serían llevados, ni de su ejecución extremadamente peligrosa. Recordó, entónces, aquellas noticias diciendo que grupos de salvadoreños habían sido encontrados dentro del acoplado sellado de un camión abandonado, sin aire, agua ni comida, a temperaturas extremadamente altas, en un desierto sin misericordia ni piedad por la vida humana. Todos muertos, por supuesto.
---"Por otra parte", pensó, "puede ser un vendedor de drogas o. simplemente un..."
---"Pos, ¿Que fué, jóven!? Y¿P'a qué, entónces, anda por estos barrios!? A ver, digame, ¿Que hace por estos lados? ¡Dígamedígame! ¡Hay que ser mero-mero p'andar por estos pagos, gringo! Y si la necesita¡ no se me raje, ora no más! Dígame algoa ver, jóven?", dijo con cierta impaciencia.
--"Bueno, pero no cargo el dinero conmigo. Te lo entrego en Los Angeles...cuando lleguemos a la casa de mi hermano", fué lo primero que se le vino a la mente después de pensar en lo peor.
El regordete se detuvo unos segundos, lo miró de pie a cabeza y respondio:
---" ¡Tu hermano! Toditos ustedes tienen un hermano en alguna parte!"
---" Es la única manera que podría pagarte, mano."
El hombre se calló por unos segundos. Volvió a mirarlo y al término de la psusa, con las manos en sus bolsillos le dijo con un tono un tanto inseguro:
--"¡Pos, 'tá bién!. Véngase conmigo pa' que platiquemos con mi compadre. No se me apachurre `orita y sígame jóven", le dijo acercándose otro poco pero hablandole, ahora, con voz un poco más bonachona. Hasta le ofreció un cigarrillo estirándole una caja roñosa acompañada con una amplia sonrisa.
Gonzalo no sabía que hacer ni que decir. De manera que decidió continuar con la farsa y ver lo que pasaba en esta extraordinaria aventura.
--"Lo peor que puede suceder es que todo salga mal y que me sirva para un futuro. De lo contrario, a lo mejor termino en Los Angeles y,así las cosas, todo caminara por entre rieles", pensó mientras seguía al gordo.
Caminaron hasta el café y entraron al recinto fuertemente iluminado con luces de intensos colores. Un mariachi retumbaba desde el interior. El olor era indescriptible. Parecía ser carne frita, alcohol y sudor humano, todos revueltos en uno. Dos borrachos salieron a empujones y, llegando a la calle, comezaron a gritarse cara a cara.
---" ¡A ver si se me cllan de una vez por todas, pedazos de cacahuates! ¡Váyanse a la chinga de su madre!" dijo el gordete tomando del brazo izquierdo al jóven chileno. Cuando los borrachos se calmaron, miraron a sus interlocutores, lanzaron mutuos escupos en el suelo y cada uno se fué por diferente camino.
..."y yo sigo siendo el Rey"....gritaba el cantante entre apasionados aplausos, gritos agudos, lamentos eróticos de pareja en plena función sexual y, en fin, un gran alboroto. Bullicio general.
Ambos entraron. Una vez acostumbrados a la semi tiniebla del sitio, Gonzalo pudo distinguir a los cantantes y a tres músicos que caminaban de mesa en mesa dedicando la canción a quién le diera dinero.
---"Véngase por aquí, jóven!", le gritó el gordo mientras lo tomaba fuertemente de una manga. Caminaron un corto tramo. De pronto, Gonzalo se vió frente a una mesa pequeña, sin mantel , llena de botellas de tequila, tres vasos grandes, tres sillas con asientos de mimbre y tan sólo un individuo.
--_"¿Quiére tomarse un tequilita, mi amigo?", preguntó el que parecía ser el anfitrión de la cena.
--_"No, gracias, la verdad es que preferiría un refresco cualquiera. A lo mejor un tinto", fué su respuesta.
El hombre no entendió que le pedían un vino cabernet. Lo miró extrañado.
---" ¡Que carajos dice el míster este!?" preguntó el mexicano. Pero de todas maneras, le sirvió un tequila.
Levantó su mano derecha pidiendo el servicio de una mesera.
El gordo se acercó al interlocutor y le dijo algo al oído. El que había hablado le respondió en la misma forma y al final, le indicó con su mano lo que parecía ser el sitio donde estaría alguien más importante que él.
En esos instantes se acercó una muchacha extremadamente jóven de apariencia, relativamente buenamoza y de facciones estríctamente mexicanas, curvilínea, morena y de caderas anchas. Al terminar el largo escote de su blusa blanca, que parecía estar a punto de explotar por la inmensidad de sus exitantes senos, se le veía la punta firme y redonda de ambos pesones llenos de juventud y vibrantes de deseo. No llevaba falda. Los calzones negros dejaban entrever las curvas iniciales de su entrepierna. Portando una inmensa bandeja con tres botellas de tequila, se detuvo frente al grupo de comensales. La dejó afirmada a una de sus caderas mientras despositaba el contenido sobre la mesa repleta de vasos desocupados. Miró a Gonzalo y le guiñó un ojo. Después, se acercó, se dió media vuelta a pocos centímetros del jóven chileno, dió un paso hacia atrás y se dobló hacia adelante hasta rosar con sus nalgas el muslo derecho del jóven chileno, sonrió lamiéndose los labios y se fué cadenciosamente hasta el mostrador más cercano. Cuando intentó regresar en búsqueda del jóven, el regordete que lo había traído, se levantó con una sonrisa socarrona y le ordenó que lo siguiera.
Pasaron a una pieza contigua donde las cosas eran totalmente diferentes.
Trás el humbral, del que colgaba una cortina de pequeñas cuencas transparentes, todo estaba a media luz. En el centro del cuarto había una gran bola de pequeños cristales iluminados por focos de luces rojas y azules, que se reflejaban por todo el recinto. Desde varios parlantes ubicados en las cuatro esquinas, podía escucharse a todo volúmen una canción de amor interpretada por el cantante de moda. La gran cantidad de humo hacía casi intolerable aquel ambiente, en el que medianamente se distinguían las caras de los clientes.
Bajo éste inmenso artefacto iluminado, en el medio de la pieza, había una tarima construída a la altura de los hombros de aquellos comensales sentados en la barra. Sobre ella, se movían una diez mujeres totalmente desnudas, paseandose de lado a lado al son de un bolero moruno. Cada cierto trecho, se encluquillaban de espalda hacia sus admiradores, les movían sensualmente el trasero y producían una gran ola de aplausos, gritos y agarrones al aire. Observaban libidinosamente a las muchachas mientras otras mujeres cambiaban sus vasos de tequila y, por supuesto, dejaban su cuenta aumentada dentro de un vaso desocupado.Los que estaban despiertos gritaban y trataban de subirse sin éxito al mesón mientras que algunos ya ni siquiera podían seguir despiertos porque el licor los tenía de narices contra los vasos desocupados.
Ambos miraron lo más que pudieron hasta que otro individuo, flaco y narigón, vestido al estilo de los vaqueros americanos, tan sólo con sus calzoncillos puestos, les dijo que podían pasar hasta un grupo de mesas situadas en la trastienda del negocio. Y así fué.
Le invitaron a sentarse.
---" Mi compadre me dice que usted quiere viajar a Los Angeles pero que no tiene la lana..."dijo el que parecía jefe de la banda. El mariachi comenzaba otra canción. La tarareó unos segundos y se dispuso a continuar.--"No más que se mi'ace como requéte difícil. Vea usted joven. ¡Nosotros trabajamos al contado, fíjese!..."
Hubo una pausa, posiblemente a propósito.
Gonzalo pensó lo peor. Estaba a punto de darse por satisfecho con los resultados conseguidos hasta el momento cuando el individuo siguió hablando.
---"...pero como se trata de mi compadre Alberto...que tiene una hija requéte buenamoza, digamos, pos... aquí lo vamos a pasar pa'l otro lado, maestro... 'Ora si que usted me deja en prienda algo bonito que yo pueda vender por si descubrimos que la lana se le perdió en el camino, verdad?"
Miró a su alrededor. Sus amigotes parecían confundidos, no sabían que hacer o decir hasta que el hombrote lanzó una feróz carcajada. Así, entónces, lo imitaron entusiasmados pero, obviamente, nerviosos.
Gonzalo sonrió.
--"A ver, jóven, platíqueme de su hermano."
Se sentó rápidamente, tomó un sorbo de tequila que le habían colocado al frente y, con una tranquilidad llanando casi en la lentitud, comenzó su historia.
---" Yo le dije a su compadre que mi hermano es el que tiene el dinero para esta operación. No creo que haya problemas al respecto pero, en todo caso, aquí le dejo mi reloj suizo de oro." Se sacó la joya de su muñeca izquierda y, con cara de dolor, continuó hablando.--"Me lo regaló mi padre hace muchísimos años y es la prenda que más quiero. Espero que me lo devuelvan cuando todo esto termine. Pero, en todo caso, no se preocupe por el dinero que está muy seguro en uno de los bancos americanos...."
---" ¡Seguro, jóven, que no habrá problemas! Nosotros nos preocuparemos de que sus cosas caminen bién. Tenemos los medios para hacerlo y, créame, no hay dificultades que nosotros no podamos solucionar...¿Verdad muchachos?", preguntó con una gran risa. Le hicieron coro.
---"Bébase otro tequilita, jóven, que ya casi estamos en camino!", terminó diciendo para luego abandonar el salón, seguido por varios malagestados. Fué el final de la conversación.
Después, los dos salieron a la calle acompañados por tres mocetones que se quedaron hasta cuando una camioneta cerrada, y sin sus luces, llegó suavemente desde la esquina norte.
CAPITULO 2
El vehículo se detuvo frente a una casa vieja, casi en las afueras de la ciudad. Había mal olor. Subieron al segundo piso y, después de hablar brevemente con quién parecía el guardián del sitio, pasaron a una pieza relativamente pequeña donde se encontraban unas cincuenta personas.
Gonzalo se acurrucó en una de las esquinas y por varios minutos observó a la gente y a lo que allí estaba sucediendo. Sentada en el suelo, junto a él, había una mujer que obviamente estaba embarazada. Se aferraba a su esposo tomándolo fuertemente de la mano. Ambos se miraron con cara de cansados. Quizás lo hicieron debido a la miseria ambiental, al largo tiempo que llevaban allí o al hambre y sed que debían tener en esos momentos.
Nadie les atendía.
---" Usted no es mexicano...", le preguntó el hombre con un marcado acento argentino.
---" No. Soy chileno"
--" ¡Ah, que tal! Mucho gusto, sabe. Nosotros somos argentinos. Y..Pedro Mendoza, a sus órdenes. Ella se llama María. Está embarazada la pobre. Tiene siete meses y me temo que no está muy bien que digamos. Pero bueno, si tenemos un poco de suerte, en unas horas más estaremos en Los Angeles..."
Se saludaron con un apretón de manos. Ambos se sentían satisfechos de ser nacionales geográficamente cerca. De partida, tenían mucho en común y desde el punto de vista psicológico, eso era una buena ayuda. Muy en especial para la mujer.
---" ...Y nada", siguió el argentino. " Usted se preguntará que hacemos acá, ¿Verdad?"
Gonzalo alzó los hombros como diciendo que aceptaría cualquier cosa, que le daba lo mismo pero que, en todo caso, escucharía su lamento.
--"Estamos en el mismo problema", dijo.
---"Teníamos la visa pero nos robaron los documentos en esta ciudad. Quisimos arreglar esta difícil situación, pero no tuvimos suerte. Hicimos todo lo posible. ¿Sabe? Fuimos al consulado, a las autoridades de inmigración, a la policía y...¡Que se yo! Vamos, si tenemos suerte llegamos esta noche. Así podremos solucionar nuestro problema en la inmigración norteamericana¡Y bueno!. Por lo menos, ellos tienen copia de nuestra documentación."
En ese preciso momento entró uno de los hombres que los había traído hasta esa casa. Llamó a la pareja por su nombre. De paso, casi saliendo, le dijo a Gonzalo que le siguiera.
Todos bajaron por una escalerilla repleta de sonidos de madera suelta y clavos viejos. Se sentía endeble al paso de los cuatro. Llegaron a una calle lateral y, para el asombro de todos, se enfrentaron a un automóvil de color verde, con la típica pintura que caracteriza a los vehículos del ejército en cualquier país occidental. Al volante había un oficial de inmigración vistiendo su uniforme, rubio, ojos azules y hasta con pecas en las mejillas.
---" Y esto ¡¿Que significa, señores?!", preguntaron casi al unísono ambos argentinos.
---" Pos, no significa nada. Pos...significa que este tipo es americano....Los llevará hasta Los Angeles. No se preocupen. Ustedes dos entren en la cajuela trasera", dijo el regordete.
---" ¿¡En la que ?!", preguntó ella con obvio terror.
"...En la maleta trasera o en el baúl del coche", les aclaró Gonzalo.
---" Pero Pedro...vos sabés que yo...." comenzó a reclamar la mujer. El hombre la tomó cuidadosamente de la mano, le dió un beso en la mejilla y con voz más calmada le pidió comprensión.
--"Querida...nos queda tán, pero tán pocoy hemos pasado por tanto. Esperá un momentito. Sentáte aquí a mi lado. Yo te ayudaré. Vení." replicó el marido.
Gonzalo miró de frente al contrabandista mexicano y solo recibió ...nada. Ni siquiera una mueca.
Así las cosas, decidió ayudar a que la mujer se acomodara en el baúl del vehículo.
El uniformado no decía nada. Estaba impávido. Se le veía como paralizado, simplemente sentado frente al volante. ¡Nada más! Miraba para otro lado como tratando de desentenderse, de la mejor manera posible, de lo que allí estaba sucediendo.Hasta podía haber un poco de verguenza o de incomodidad . Nunca se sabrá.
La mujer se acomodó en el baúl con comprensible dificultad, su esposo hizo lo mismo y Gonzalo les siguió en el esfuerzo. La caja se cerró, hubo tres golpes desde afuera y todos sintieron que el vehículo partía hacia algún sitio, seguramente a la frontera, después a San Diego y, finalmente, a Los Angeles, California.
CAPITULO 3
¿Cuánto tiempo estuvieron en el baul del automovil?
Perdieron la cuenta.
Viajaron lo que parecía ser una eternidad. Debieron haber estado allí tullidos algo así como unas cuatro a cinco horas. Quizás más. El coche no se detuvo nunca después de pasar por la revisión fronteriza. A simple vista pareció que la maniobra en la aduana no resultó muy difícil gracias a la vestimenta del conductor. La verdad es que no hubo preguntas y, de esa manera, el vehículo casi no se detuvo en los carriles de revisión que hay en las puertas de entrada al territorio americano.
El calor era casi insoportable, la postura simplemente un martirio para todos y, muy en especial, para la mujer embarazada.
---" Que valentía", pensó Gonzalo.
Debieron haberse quedado dormidos poco después de entrar en territorio norteamericano. No estaban seguros. De pronto sintieron que el auto se detenía y la mujer sollozó unos segundos.
En efecto, estaban llegando a su destino.
Gonzalo fué el primero en despertarse de esa pesadilla.Hubo pequeños golpes desde afuera y, de pronto, sólo vieron una luz inmensa que invadía al maletero. Aún era de noche. Lo que sucedio fué que el efecto del farol municipal sobre la obscuridad total en el baúl del coche, causóel fenómeno de parecerse a un rayo en medio de la tormenta.
Desde hacía rato que todos transpiraban. Al abrirse la maleta del carro, el fresco de la noche angelina consiguió despertarlos un poco más. Estaban inmensamente adoloridos, tullidos, paralizados casi por completo. Todos necesitaban ayuda.
Un hombre diferente, vistiendo bluejeans y camiseta blanca, con una choapino alrededor del cuello, les ayudó a movilizarse afuera de la maleta.
---" Vénganse los tres conmigo y no hagan ruido." fué la órden.
Mientras el automóvil de inmigración desaparecía casi como por mágia bajo los débiles faroles de la callejuela estrecha en que se encontraban, los tres pasajeros emprendieron su caminata hacia la puerta de aquel edificio pequeño en lo que bién podría ser la etapa final de la aventura. Todo, pués, dependía de los resultados, la buena disposición de sus integrantes y la "honestidad profesional" de los coyotes.
Fueron guiados hasta el tercer piso, caminaron por un corredor de paredes pobremente pintadas y corroídas por el descuido y el tiempo. Se les dijo que pararan. El hombre que encabezaba la pequena fila india golpeó tres veces con su puño derecho e inmediatamente colocó la llave en la cerradura para luego empujar levemente la puerta.
Un olor apestoso inundó el pasillo. Todos se taparon las narices y más de uno dijo algo alusivo a la hediondéz. Era el típico olor a ser humano desaseado, transpiración masiva, orina reseca por el calor ambiental y revivida por la humedad, los desperdicios y hasta la defecación de varios. En ese pequeño cuarto debía haber más de cuarenta personas apelotonadas, sentadas algunas, paradas la mayoría. Indudablemente que la capacidad de la pieza se había ignorado por completo. Nadie quiso pensar, siquiera, que era demasiado pequeña para el número de individuos apretados en ella. La verdad es que no les importaba, nunca habían considerado la comodidad de nadie, en este tipo de operación delictiva. ¿Excusa? Ninguna. ---"Es mejor que tenerlos encerrados en un trailer por allá por Arizona" dijo alguien en más de una oportunidad.
La pareja entró primero. Los siguió Gonzalo y el hombre que los custodiaba.
---" Aquiles...aquí te traigo a otros tres", dijo el hombre gritándole a un flaco sentado trás un escritorio de acero verdoso.
--- "La pareja se puede ir pero el hombre tiene que quedarse porque no pagó el viaje, según me dijo el compadre", agregó.
--- "Pero le quitaron un relo´ de oro que se traía y me lo dió el "migra"ése. El gringo me dijo que'l tipo espera a su hemano pa'que le traiga la lana y que puede llamarlo por teléfono si quiere..."dijo a medida que tomaba del brazo a Gonzalo.
Mendoza, el argentino que lo había acompañado con su esposa desde la frontera, quiso despedirse del chileno pero no le dejaron. De un empujón le quitaron del paso. La mujer le sonrió comprensivamente y ambos desaparecieron casi como por milagro.
Pasaron dos horas.
El amanecer debía estar muy cerca para cuando esos cinco hombres entraron en el pequeño cuarto. Definitivamente eran parte de la pandilla de "coyotes" mexicanos. Caminando a codazos por entre los que restaban, empujaron a tres de sus conacionales gritándoles casi al oído que podían irse al momento. La temperatura subía. Había gran violencia en esos momentos.
---"A ver ustedes tres¡ Váyanse de molada carajo!", fué la buena noticia para los amendrentados desgraciados, que se tomaron de las manos como para defenderse de un posible abuso físico..
La tensió disminuyó notablemente cuando uno de los que habían entrado le dijo algo al oído a su compañero. Luego se dirigió hasta la esquina de la pieza y, muy cerca de uno de estos pobres asustados, comenzó a orinar ruidosamente en presencia de todos. Por supuesto que nadie dijo nada. Al terminar, como si no hubiese sido una gran cosa, regresó al lado de sus compañeros que le saludaron con cariño. ¿Por qué? Nadie lo sabe.
---" Los otros dos'ora se pueden ir largando", dijo a gritos haciéndole una seña al que recibía el dinero en el escritorio.
Gonzalo había esperado casi toda la noche para hacer su llamada telefónica en búsqueda del dinero adeudado. Pese a lo grave de la situación, el muchacho no se veía ni acomplejadoni siquiera preocupado.
Desde el principio de su viaje a Los Angeles, estaba como observando lo que sucedía, lo miraba todo, esudriñaba lugares, registraba detalles y bien parecía estar evaluando, valorizando cada una de las personalidades de aquellos bandoleros mexicanos.
Allá, un poco más lejos, se veía un muchacho con marcada cara de indio azteca, en la que se traslucía una definitiva bondad con mezcla de miedo, esperanza y desasosiego. Al verlo, Gonzalo se preguntó cuantas veces ese pobre desgraciado indígena habría pasado por la desagradable aventura de la inmigración ilegal.
--- "Definitivamente debe haber más de una tragedia familiar detrás de este pobre hombre",pensó por unos segundos.
Era bién sabida la tragedia de estos indígenas mexicanos que diariamente atravezaban la frontera buscando dinero para mantener a sus familias perdidas en algun pueblecito de Chiapas, quizá. Por años, luchaban porque el gobierno Priista les reconcieran, les prestaran ayuda y, en fin, les permitieran vivir como ciudadanos de primera clase al igual que a sus otros compatriotas. Muchos de ellos ni siquiera hablaban castellano sino que sus dialectos ancestrales.
Forman gran parte del grupo de mexicanos y centroamericanos ilegales que recogen frutas y verduras en los campos californianos. Aquellos que viven en grandes barracas de propiedad de algún anglosajón agrícola abusador. Hombres que se pasan la vida gastando lo poco y nada del dinero que se les paga, en vales sin valor bancario, endeudándose para siempre en sus cooperativas o almacenes. Pero nunca quedan solventes de sus cuentas porque, en el fondo, los precios de las miserables mercadías que compran fueron diseñados para equiparar el gasto patronal de los salarios. La ley norteamericana no tiene miramientos para con estos individuos que abusan a escondidas de las autoridades usando el miedo, la denuncia y otras maquiavélicas razones.
Los indios trabajan toda la temporada guerdando celosamente su dinmero. Cuando consideran tener lo necesario, de la noche a la mañana y sin anuncio, se desaparecen hasta el año siguiente cuando tienen que regresar en búsqueda de otro poco.
En su caso particular de aquel indio, éste no podría ser otra cosa que integrante de los llamados "Espaldas Mojadas", traduccin literal de "Wet Backs", descripción idiomática con la que los norteamericanos anglosajones identifican a quienes trabajan hora tras hora en una posición doblada, exponiendo sus espaldas a la lluvia, al sol y a las inclemencias ambientales.
--- "Puis muchas veces lo ei'hecho y lo siguiré haciendo, patroncito", le dijo a Gonzalo cuando le preguntó su historia.
--- "Mi paso pa'este lao'e la frontera casi to'os los años. Pués depende. Cuando me agarra la migra, me lleva pa' Tijuana y me dejan por áhi. Pero yo me les arranco antes que lliguemos o me li' escondo pa'cuando vingan a buscarme."
--" Mis compa´ires pagan dólares pa´vinise. Yo mi la'arreglo solito! No tengo lana pa' pagar", agregó. "Pero esti´año la cosa si me puso un poco feia y tuve que hablá´le al coyote grandotote. Ya mi conocen, sabes, y mi cobran barato. ¡Doscientos pesitos no más!. Mi sale a cuenta porque picando fruta mi hago como ochocientos pesitos, vés paisano?" Terminó su relato en aquel típico asento indígena. Le sonrió, alzó la mano al hombre del escritorio y desapareció por el pasillo deslavado de la vieja casona.
El sol estaba por salir. La obscuridad de la noche comenzaba a desvanecerse para cuando Gonzalo decidió hacer su llamada telefónica. Marcó el núero, hubo la respuesta esperada y al colgar el receptor se retiró hasta una de las esquinas del cuarto.
Pasó poco menos de media hora. El sol ya estaba en el horizonte angelino cuando preguntaron por él.
Un hombre más o menos de su misma edad, vestido con traje de negocios, es decir, con chaqueta y pantalones azules, camisa casi del mismo color y una extraña corbata bicolor de tono salmón, que se escondía bajo un chaleco con una docena de botones en el frente. Pero lo increíble del caso es que, en lugar de zapatos que se acoplaran con la tenida, el muchacho llevaba zapatillas de loneta blanca con orillas negras.
Posiblemente, era la moda hollywoodense del momento.
Cuando entró al cuarto, todos lo miraron extrañados. Hubo silencio. Parecía ser casi un chiquillo. Atravezó la pieza ignorando a todos, se acercó a Gonzalo, le saludó con un abrazo de medio lado, como palmoteándole cariñosamente los antebrazos, y le entregó el reloj de su padre. Era el mismo que había dejado en prenda durante su encuentro con el jefe de los coyotes mexicanos, allá en el bar de las chicas desnudas. Por supuesto que Gonzalo se extrañó. No sabía que pensar. Era honradéz de ratero, presión para asegurarse el pago o simplemente una estupidéz?
---"Esta es una gente extraña, llena de problemas, dificultades, viven a escondidas de todos, no tienen ninguna entereza, son delincuentes que matan, arruinan a millones de personas, burlan a todas las layes y...de pronto...son honrados.¡ Que raro!", le dijo al recién llegado.
---" Es decir, analizar a estos tipos es un serio problema froidiano", fué la respuesta.
---"..Bueno, vámonos a nuestros asuntos".
---" Cuanto antes, mejor", y se fueron
Saludaron con poco afecto a los "coyotes" en la pieza y la abandonaron caminando apresuradamente por el pasillo de entrada.
Definitivamente, el callejón de tierra se veía mejor de día que de noche. Caminaron hacia la calle principal y, llegando a la esquina, se subieron a un automóvil nuevo, en el que desaparecieron rápidamente hacia la autopista que lleva hasta el Aereopuerto Internacional de Los Angeles.
EPILOGO
Cuando el inmenso avión de American Airlines aterrizó en el Aereopuerto Internacional J.F. Kennedy, en Queens, uno de los cinco barrios neoyorkinos, ya lo estaban esperando en la puerta 63. Había dos hombres. Uno de ellos se veía joven y el acompañante, quizás de unos 45 años. El mayor le saludó con cordialidad pero ninguno de los dos dijo mucho al respecto de nada.
El jóven le pidió sus boletos, los recibos de las maletas y desapareció rápidamente por entre los centenares de pasajeros y público que se aglomeraba en la puerta de llegada.
Caminaron lentamente con destino al sector de las maletas.
Antes de terminar el pasillo que desembocaba en una gran sala repleta de carrouseles portándolas, el muchacho se detuvo, usó el teléfono púlico, por unos segundos, y luego se unió a quienes le esperaban. Por su parte, el que le había pedido sus recibos, dijo algo al oído del hombre mayor y desapareció por entre el público que se encaminaba hacia las puertas de la mayúscula estación aérea.
Minutos más tarde, ambos viajaban en un vehículo nuevo con destino al corazón de Manhattan. Viajaron por la orilla del mar y tomaron la carrterea proveniente del Puente Verrazano, desde Staten Island, en camino a la isla noeyorkina.
Pasaron casi dos horas, desde la llegada en el aereopuerto, hasta el momento en que se detuvieron en las esquinas de la calle 57 y Quinta Avenida, casi a unos metros del Hotel Plaza y a menos de media cuadra del Parque Central.
El verano era generoso, el clima continuaba caliente y húmedo como cuando había dejado la ciudad para viajar a México. La magnificencia del sector nunca le había abandonado en su aventura sureña. Se detuvo unos segundos al bajarse del vehículo, miró a su alrededor y estiró los músculos de sus brazos.
--- "¡Que diferencia!", dijo en voz alta.
Como de costumbre, los centenares de peatones caminaban apurados por ambas orillas de la gran avenida neoyorkina. Unos para allá, por la derecha, y otros para acá, por la izquierda. Como de costumbre, los vehículos se amontonaban en la esquina evitando atropellar a peatones que atravesaban esquivándolos milagrosamente.
Para el recién llegado, todos seguían pareciéndose a pequeñas hormigas trotando bajo los inmensos rascacielos adornados con coloridas banderas americanas, colgadas desde sus puertas e inclinándose hacia el centro de la avenida. Era el tono acostumbrado de la gran ciudad.
La elegante tienda Goodman, en la esquina misma de la 57 y Quinta, frente al Hotel Plaza, se veía igual. Repleta como siempre. Los clientes gastaban inmensas cantidades de dinero en esa estupenda e increíblemente cara casa comercial. Por el costado del edificio, las limousinas con choferes de gorra negra y uniformes ajustados al clima, se confundían con las viejas victorias tiradas por caballos que, ahora, descansaban a media cuadra de distancia, comiendo pasto desde un balde colgándole del cuello o bebiendo agua, mientras sus dueños parecían dormir en el enganche a la espera de clientes.
En conjunto,todos marcaban la característica propia y muy especial de aquel lugar.
Frente al edificio, en la Quinta Avenida, los vehículos se movían por centenares. Peatones portaban bolsas y grandes paquetes con ilustraciones de tiendas famosas, pedían taxis a gritos, levantando sus brazos. Autobuses de dos pisos, como los de Londres, pero verdes, recogían pasajeros casi sin detenerse a fin de mantener la tremenda circulación de la congestionada avenida.
Gonzalo miró un momento a su alrededor y,frente al esplendor de la vida de Manhattan, no pudo menos que refleccionar sobre sus últimos días en el sur de la poderosa nación americana. Recordó la pobreza de que fué testigo en Baja California, el sector mexicano de la península y disfrutó, aún más, del ambiente al que regresaba gustosamente.
"Bienvenido a casa" le dijo en inglés el hombre uniformado, abriéndole las inmensas puertas de cristal que daban a la antesala desde donde partían cerca de siete ascensores cubriendo 60 pisos del moderno edificio. Otro uniformado le estiró la mano con respeto, apretó el botón de llamada y le palmoteó en la espalda cuando la puerta se abrió. Ambos entraron.
Tomaron el ascensor, se bajaron en el entrepiso del edificio y se dirigieron inmediatamente hasta la oficina del Director del Departamento en castellano de la radioestacion WRUL, Miguel Bomar, en la que Gonzalo trabajaba como periodista encargado de cuestiones especiales.
Sin siquiera esperar a que la secretaria le anunciara, ambos entraron a la oficina del encargado de la división de esa primera y única estación comercial privada transmitiendo en onda corta para la América hispana. El acompañante le pegó suavemente en el hombro y se fu+epor el pasillo.
--"¡Que tal, Gonzalo!, ¿Cómo te fué querido?" le preguntó el argentino sentado trás un escritorio amplio, en una sala adornada con grandes fotografías de Buenos Aires, Argentina, colocadas en marcos dorados y en una pared vestida por papel verdoso. Se veía muy delgado, relativamente elegante en color obscuro. Su nariz aguileña le daba un poco de respetabilidad diferente. Habló con una voz profunda y masculina.
---" Sentáte unos segundos y contáme más o menos rápido de lo que sucedió. No tengo mucho tiempo para discutirlo pero creo que has hecho un buen laburo, ché. González leerá tu libreto y mi hermano le pondrá los sonidos necesarios. Acordáte de hacer un segmento para los rieles que van a la América Central, otro para la Texaco, la Exxon y varios extras que podremos acomodar en estos días. De paso quiero que sepás que la Associated Press quiere tener una copia y La Voz de América pidió una versión en inglés. Decíme ahora, como te fué....¿Tenés todo lo que necesitas? Bueno, sé buen chico y andá a laburar. ¡Perdonáme per estoy ocupado, pibe!", dijo mientras tocaba el timbre llamando a su secretaria.
Gonzalo le sonrió ante la imposibilidad de decirle palabra antes, en medio ni al final de la prerorata.
Una muchacha vibrando de juventud y belleza, entró a la oficina. Curvilínea, cabello rojizo claro amarrado atrás y terminando en un tomate atravezado por una flecha amarilla, de cutis tostado, labios grandes y rojos de color sangre, llevando elegante y apretado vestido de tela floreada, casi transparente, se movía más como una modelo que una secretaria. Llevaba un lápiz dorado en la mano derecha y una libreta de notas en su izquierda.
Al ver a Gonzalo, se arregló las chasquillas que suavemente le cubrían sus cejas y, casi sin darse cuenta, se ajustó el vestido a la altura de la cintura. Había sido "Miss Chiquita Banana" y bin sabía proyectar su orilla izquierda del escritorio, como empujándolo con su entrepiernas y miró de reojos al jóven periodista.
---" El Gobernador dice que pueden almorzar juntos en dos días más. Pregunto por tí, Gonzalo. Fuera de eso, hay una reunión con el Director del Departamento Hispanoamericano de Naciones Unidas...los espera para mañana en la mañana...quiere tomar desyuno en la cafetería de los embajadores...."
La vida diaria de la estación comenzaba a esa hora.
Empezaban a llegar los periodistas, locutores y trabajadores en general, que prepararían el material de transmisión. Podían verse todos, gracias a la construcción de vidrio que permitía una panorámica total del recinto. Algunos de los ingenieros divisaron a Gonzalo en la puerta de la oficina del Director y lo saludaron con cariño.
Segundos después, el muchacho se retiró casi deslizándose del cuarto, pasó por la oficina del Director Internacional para decirle un par de piropos a la atractiva sercretaria y se dirigió a su escritorio, en la sala de prensa, para comenzar a escribir el libreto en el que contaría de sus investigaciones más recientes.
---"En el desierto del norte mexicano, terminaba otro día de calor seco, de polvo", escribió apresurdamente, para tener listo y a la hora de la grabación, aquella dramática y triste historia de abuso humano, que esa noche se ofrecería por onda corta a todo el mundo de habla castellana.......
Suba en cualquier momento oprimiendo esta cinta roja.