Original        del  periodista chileno


PROLOGO.



El hemisferio todo, especialmente el caribe, era un hervidero político en aquellos días. Había vientos de amargura, descontento general, protestas, ruina y miedo. Pero también había un profundo deseo de rebelión, un inmenso proyecto de triunfos,  una necesidad  imperiosa de alegría, de bienestar y, más que todo, de una tranquilidad familiar verdadera.

Los dirigentes democráticos se encontraban fuera de sus tierras natales luchando para crear un ambiente internacional que les permitiera demostrar las irregularidades en las dictaduras extremadamente largas y crueles. Todos los asilados de los regímenes militares caminaban de la mano, con otras naciones solidarias, en sus deseos por un futuro democrático. Eran planes con el único común denominador de derrocar a los regímenes crueles que mantenían, a la vista del mundo exterior, una democracia falsa apuntalada con la boca de un cañón.


Argentina, Brasil, Colombia, Perú, República Dominicana y Cuba, estaban en el tapete de las noticias. Unos, más que otros.


Venezuela fué, quizás, la primera nación en envolverse dentro de la  revuelta ciudadana. El pueblo efervecía a la espera de la tan deseada revolución que los librara para siempre, de los tentáculos golpistas, tan característicos de una casta uniformada y que, en esos años, abundaba dentro de los jovenes e inexpertos países americanos.


En el horizonte venezolano se perfilaba la posibilidad de un futuro, casi inmediato, de una democracia real y duradera. En los pasadizos de sus edificios particulares, en las oficinas de las grandes corporaciones, en los hogares  y hasta en las intrincadas callejuelas caraqueñas se forjaba el espíritu que culminaría en una lucha sin cuartel, iniciada con ésta invasión sublime que abrió las puertas a una protesta popular más simple, menos bulliciosa pero verdadera.


Nota del Autor.
El cuento que usted leera a continuación, está basado en la experiencia  del autor durante su trabajo como reportero de un nuevo vespertino creado por los propietarios del diario "El Nacional", de Caracas, Venezuela.

Algunos nombres y parlamentos fueron alterados a conciencia para evitar represalias y cubrir, de paso, las necesidades de ésta histórica aventura.




LIBRO 1



CAPITULO 1




Caracas, Venezuela.
En el centro capitalino.
Martes 13 de Mayo, 1952.
08:57:16 AM.

Aún faltaban algunos minutos para que fuera la hora exacta. Joaquin Carlos Amunátegui, el jóven periodista chileno, a quién  llamaremos JC, nuestro protagonista en este relato, ya había abandonado el inmenso edificio Central, donde vivia desde el dia de su llegada a Venezuela. Lo hizo por el lado de Veroes y se dirigía, ahora, hacia El Silencio, uno de los inmuebles mas modernos del momento y pieza caracteristica del centro caraqueno.

Bajó apresuradamente en dirección a la Plaza céntrica, diseñada en forma de cruz diagonal para mostrar, en su centro, una estatua de Simón Bolívar, el Padre de la Patria venezolana y Libertador de Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia.

Se dirigió al medio del sector embaldosado, que llegando al monumento formaba un amplio círculo, obligando a que los peatones pasaran inevitablemente por su costado permitiéndoles, con ello, admirar de cerca al Libertador montado en su caballo y llamando a la batalla.

Después de caminar algunos pasos, frente al monumento, se sintió extremadamente fatigado. No sabía el por qué, pero pensó que seria una consecuencia logica del excesivo calor, del fuerte sol tropical, al que no estaba acostumbrado en su país natal, Chile.

Frente a los primeros peldaños de la base, decidió quitarse la chaqueta, o saco de vestir. Se la colgó en el brazo derecho y aceleró el paso en búsqueda del edificio de la redacción del periódico en el que trabajaba, ubicado en De Puente Nuevo a Puerto Escondido, a tan sólo unas pocas cuadras del sitio en el que se encontraba momentáneamente.

Ya se disponía a reiniciar la marcha cuando un policía municipal malamente vestido, chico, regordete, de bigotes descontrapesados, que se encontraba en una de las cuatro esquinas de la rotonda, se le acercó presuroso y como refunfuñando le detuvo de un solo grito.

--" ¡Oye tú! ¡Ven acá, chico", le dijo enfrentándole con sus brazos en jarra mientras que, con su derecha, tocaba suavemente el gatillo de una de sus  pistolas.

No hubo respuesta. Molesto, el gendarme se acercó otro poco al joven periodista. Lo tomó por el hombro derecho.

--"Discúlpeme agente, pero estoy apurado" replicó el muchacho, levantando el hombro como gesto de disgusto por el apretón del uniformado que trataba de empujarlo hacia atrás.

--" ¡Pero tú estás loco, chico! Mira vale, que tu no sabes, acaso, que no se puede pasar frente a la estatua del Libertador sin el saco..¿¡carajo!?", dijo casi enfurecido el agente..."¡Ni tampoco con paquetes!",agregó.

A JC. le parecía increíble la escena, pero decidió callar totalmente. Era lo mas sensato. Pensó que, quizás, desentendiéndose del incidente podría evitar una complicación más adelante. Fingió tranquilidad, antes de contestar.

--" Perdón, pero no sabía de esa prohibición. Lo que sucede es que yo soy extranjero y casi recién llegado a Caracas", dijo a modo de excusa, "pero la verdad sea dicha, que en nuestros paises no estamos acostumbrados a este tipo de problemas. Me saqué la chaqueta.digo el saco, como Ud. le llama, sólo porque tengo un inmenso calor. Jamás se me ocurrió, siquiera, insultar al Libertador, como tampoco quiero insultarle a Ud....¿Conforme?...¿Me puedo ir ahora?"

--"¡Ahá!", fué la única respuesta.

El uniformado se detuvo frente al joven impidiéndole que continuara caminando. Lo miró de arriba a abajo por unos segundos. Despues, miro frente a frente al joven extranjero. Se detuvo otros segundos y, seguidamente, inicio uno de sus sermones preferidos. Una mezcla de insulto y patriótismo exagerado.

---" Conque¡Musiú el caballero!.Así es que, además de insultar al Libertador y al pueblo venezolano, tiene los cojones de enfrentarse a la Policía Municipal de la capital venezolana.?¿Ah?"

JC. pensó lo peor. Por su experiencia, sabía que estaba frente a uno de esos problemas de proporciones mayúsculas y, lo que era peor, promovido por la ignorancia, la egolatría y la total falta de consideración de un hombre sin modales ni tolerancia.

Era estúpido lo que le sucedía pero, lamentablemente, así era.

--" ¿¡Que carajos tu te crees, chico !?" agregó el hombre mirando a su alrededor, como buscando la ayuda de sus compatriotas que, a sabiendas de las consecuencias, abandonaban disimuladamente el sector. Pero llegaron otros que, ignorantes de lo que sucedía, hicieron un inocente semi-círculo humano para averiguar cándidamente lo que pasaba.

Un  hombre vistiendo el liqui-liqui, la tenida tipica del llanero venezolano, basó su propia explicación de la escena. Y jjuzgo los hechos con aquella eterna dfiscriminacion que el momento exigia contra los emigrantes españoles y portugueses invadiendo sus sitios de trabajo por menos salario. Se adelantó un poco y miró la escena con un notorio gesto de fastidio.

--" Estos extranjeros del carajo!", dijo primero, "No respetan ni a su madre, chico!"

Varios le miraron.

--" ¡Que extranjeros ni que váinas de esa, chico! Estos son los comunistas desgraciados que quieren apoderarse de la libertad venezolana tomándose el gobierno nacional", dijo el que estaba a su lado.

--"...Y de seguro que este musiú es uno de esos estudiantes extranjeros de la Universidad Central y que lo único que hacen es espiar a sus vecinos, chico!" dijo otro que completaba el trío.

A esta altura de las demostraciones, JC. se veía extremadamente nervioso. Las cosas se le iban de la mano a una velocidad increíble. Quiso terminar de una vez por todas con el maldito incidente y, para hacerlo, cometió el error de seguir su camino. Porque fué allí cuando el policía se percató de sus intenciones y, a su véz, quiso también poner término a la situacionpero a su manera.

Se le acercó y lo tomó por el brazo.

Había transcurrido casi más de un cuarto de hora desde el momento en que todo esto comenzara.

Las cosas se empeoraron cuando un desconocido, con obvia mala intención, gritó que habían tirado una bomba. Asi, entónces, la Plaza Bolívar se convirtió en un remolino de personas que corrían a diestra y siniestra arrancando de lo que generalmente acarrea este tipo de cosas en un régimen dictatorial, perverso y sangriento.

Unos caían al suelo, otros se empujaban, las mujeres lloraban a gritos. Una escena increíble, nacida de la nada, de la expresión de un espíritu violento, una panacea equivocada contra la inseguridad política, un caos nacido de la paranoia popular y, quizás, una intención golpista buscando la chispa que encendiera la mecha de una revolución tardía.

Pero, lamentablemente, la única respuesta a recibir sería la eterna actitud violenta, maquiavélica, sangrienta y brutal de la PTJ, la Policía Técnica Judicial, en coordinación con los uniformados municipales y los militares enseñados en desarmar los intereses populares del momento.

Era bastante peligroso lo que estaba sucediendo.




CAPITULO 2





Policia Municipal.
La Represalia.
11:06:14 AM.

En las calles laterales a la Plaza Bolívar se encuentran las oficinas más importantes del gobierno venezolano. Allí están, entre otras, la Gobernación del Distrito Federal, el Ministerio de Relaciones Exteriores, la Catedral, el Concejo Municipal de Caracas o la Municipalidad capitalina, el Congreso Nacional, y otras más.

Era justificable, entónces, la rapidéz policial para disolver la extraña manifestación fantasma creada por un desconocido anunciando una misteriosa bomba. En cuestión de minutos aparecieron refuerzos, patrulleros, la temida PTJ o detectives civiles, amén de centenares de curiosos que diariamente deambulaban por el centro de la ciudad.

Hubo varios detenidos y ,por supuesto, el joven periodista chileno. JC. fué el primero en ingresar a la comisaría.

--" ¡Ajá! ¡Un musiú!", dijo el oficial de guardia.

--" Un momentito, Teniente", quizo argumentar el muchacho.

--" ¡Guá...´hora si que las cosas se ponen buenas! Sargento, páseme al musiú al fondo y me lo pone en la lista de la Digepol", fue la respuesta.

El chileno quedo asombrado por la rapidéz conque se sucedieron los hechos y, más aún, sabiendo que caería en manos de la Digepol, la Direccion General de la Policía Política, a la que los revolucionarios temian mas que todo por su manera sangrienta de interrogar a sus prisioneros, quienes generalmente amanecían muertos en algún desolado sitio eriazso de la ciudad.

--" ¡Pero TENIENTE!", protesto JC.

--" ¡P'al carajo con usted, mi amigo!", fué la respuesta."Asdrúbal, llévese a este musiú p'al fondo y ¡Hágalo YA!, si no quiere acompañarlo por unos cuantos años."

Casi temblando de pánico, el gendarme se adelantó al muchacho y lo llevó a empujones hasta una inmensa reja pintada de blanco, en la que abrió una crugiente puerta sin el necesitado lubricante, que les conduzco hasta otras tres puertas más pequeñas de las que nacían respectivos pasadisos sucios y malolientes terminando en a una celda general, mal iluminada, espantósamente caliente y húmeda, apestada a orina seca, visibles escrementos humanos en sus orillas y con esquinas chorreadas por desagradables vómitos oliendo a vinagre estomacal.

Así quedó momentaneamente solucionado el incidente.

Ahora sólo quedaba esperar por la justicia lenta y tediosa que, en la mayoría de sus casos, no venía jamás.




CAPITULO 3



Comisaria municipal.
en una celda.
12:17:36 P.M.

...Y, por supuesto, JC. fué a parar de un empujón junto con el resto de los detenidos apelotonados en esa celda pestilente, situada al fondo del viejo cuartel.

Un golpe con la culata de su rifle que le dió el asustado gendarme de la guardia, antes de cerrar la reja tras de él, le hizo perder el equilibrio y caer de boca a ese pavimento resbaloso por el orina de los prisioneros.

Aterrizó junto a un anciano.

--"..Y lo peor del caso es que, después nos inscriben con  nombres falsos o al revés y ¡ni Dios nos encuentra! más tarde", dijo el hombre, a tiempo que trataba de levantar al muchacho.

Vestía pobremente pero con vistosa dignidad y elegancia criolla. Llevaba una guayabera blanca, pantalones de piernas anchas y bastilla aflautada. Era el típico estilo campesino del venezolano. Sus zapatos negros estaban impecablemente limpios. Su sombrero alón, a la usanza de los guajiros, parecía darle una figura de importancia.

--"¡...Y cómo van a atreverse!", refutó el chileno, un poco incrédulo por su falta de experiencia.

--" Mi querido muchacho", dijo el hombre levantándose parsimoniosamente del suelo," todo lo que está sucediendo es una historia vieja para nosotros los venezolanos y, especialmente, para los caraqueños. Los arrestos en la Plaza Bolívar, y en otros sitios de la capital, no son otra cosa que un truco para justificar la injusticia y el proceder irregular de este gobierno militar. Paciencia, mi querido chileno.apostaría a que usted es chilenotiene el acento!"

---" ¡Claro que soy chilenoy muy honrado de serlo, mi querido señor anciano!

---" ¡Já! Veo que, también, es usted un buen observador."

JC. Le pidió disculpas.

---" Como le dije. ¡Paciencia, mi querido amigo! Eso es lo que parecemos tener en abundancia. Además, no podríamos pedir que un pueblo cómodo cambie tán rápidamente. Hay que darle tiempo al tiempo pero, y de eso estamos seguros, el momento llegará algún día."

Cerca de 300 personas había en esa inmensa celda semi obscura, al fondo del cuartel policial, en el centro de la capital venezolana.

El anciano, como también algunos de los presos, estaba perfectamente conciente de todo lo que sucedía en esa celda. Conocía a fondo, cada uno de los casos, la intención de sus autores, la justicia política que encaraban y el inmenso dolor que sufrían, allí, a consecuencia de un supuesto acto revolucionario desarrollandose en secreto y que hoy los encerraba en esa cárcel.

Sabía positivamente que un alto porcentaje, por no decir todos, eran producto de una severa persecusión política. Todos habían sido arrestados en condiciones muy parecidas a la del jóven periodista.

Por eso es que, al llegar JC. al lugar, los que estaban a su alrededor, pusieron atención. Los policías, mientras tanto, se ocupaban en cuestiones administrativas y no fueron obstáculo para aquella pequeña reunion secreta de los miembros que manejaban uno u otro aspecto de la revuelta que parecia acercarse a pasos agigantados.

--" Hay que dar un poco de tiempo a los amigos del sur para que conozcan nuestras leyes y costumbres", dijo mirando a los comensales como explicando la ingenuidad de JC.

---"Hay que saber comprender los errores que se vienen cometiendo y que se cometerán, por largo tiempo más, si las cosas no terminan luego."

--"Los sistemas punitivos venezolanos han sido abusados al extremo por individuos irresponsables, desconocedores de la honestidad popular y quienes son los únicos culpables de lo que está sucediendo. Las leyes, en sí, nada tienen que ver con los acontecimientos terribles que atravezamos los venezolanos.  Pero no podemos olvidar, tampoco, que del hábito y las costumbres nacen las leyes de un futuro inmediato....y eso, mi amigo, es imperdonable."

--"En estos tiempos dictatoriales", continuó el anciano" las policías se toman muchas atribuciones. Tal es el caso de lo que está pasando en esta cárcel y que, seguramente, le podría suceder a nuestro nuevo amigo chileno. Nos inscriben con los apellidos al revéz, nos pasan por interrogatorios inútiles que no llegarán a ninguna parte porque sólo sirven de entretenimiento a los acusadores. Nosotros, por nuestra parte, sabemos que se trata de torturas interminables y que la verdadera justicia llegará, quizás un poco más tarde pero ¡Llegará al final! La mitad de la población penal , en estos momentos, no ha tenido un juicio decente en el que pudiera realmenete defenderse."

Alguien se levantó para interrumpirle.

--" ¿Acaso en otros países no pasa lo mismo?" preguntó un hombre joven.

--" ¡Por supuesto! Pero no en todos. Tu pregunta es totalmente legítima, si tomamos en cuenta que ésta dictadura lleva más de una generación en el poder y todo se diseña para que la gente llegue a preguntar con tanta inocencia algo que es simple y verdadero.", replicó el anciano.

Otros presos se adhirieron al grupo.

---" La esperanza la tenemos puesta en nosotros mismos, en nuestros guerreros, hijos de un Bolívar que nunca morirá, y en los hombres que recorren el mundo para conseguir que otros gobiernos reconozcan el gobierno en el exilio del Presidente Rómulo Betancourt", dijo.

---"y tenemos buenas noticias, mis queridísimos amigos, porque el Congreso chileno y argentino están considerando seriamente la idea de reconocer al señor Betancourt. Y eso, señores, conjuntamente con nuestro esfuerzo de poner en marcha al Ejército de Liberación Nacional, será el bastión que nos dará la victoria final dentro de unos pocos meses."

Los presos, conociendo las posibles represalias, quisieron aplaudir al anciano caudillo pero sólo se limitaron a sonreír y a golpearse levemente sus hombros como signo de respeto y consideración con su dirigente.

Esa noche, todos durmieron más tranquilos.

CAPITULO 4



!Que Dios se apiade!
Miércoles 14 de Mayo.
12:43:14 P.M.

Nadie sintió los pasos del oficial cuando se detuvo frente a la inmensa reja corroída por la humedad y el tiempo. Al verse sorprendidos, se dispersaron casi humillantemente, colocandose de espalda contra las maltraídas murallas de la cárcel. No tenían otra alternativa.

--" ¡Já! ¡Ya sabía yo", dijo el policía con su eterno tono burlón."¡Ya me lo encontré de apóstol, su viejo carajete! Pero digo yo, porqué no se queda en su casa haciendo todo eso que hacen los ancianos?"

--" ¡Gutierrez! Abreme esta puerta p'a ver si el viejo éste, se calla de una vez."

El hombre en cuestión, regordete de pelo enrulado, moreno y mal agestado, sacó un manojo de llaves desde su bolsillo trasero y abrió la puerta de rejas con más susto que otra cosa.

--" Veamos, viejo ridículo" dijo el oficial,"junte sus pocas porquerías y lárguese de una vez. Esta Ud. en libertad hasta el día en que lo agarremos de nuevo....¡Yá!...¡Camine, carajo!"

El anciano titubeó unos segundos pero salió lo más rapidamente que le permitían sus piernas tullidas y adoloridas por la falta de movimiento de los últimos dos días. No caminó sino que casi corrió para evitar que el policía se arrepintiese o le cambiase de celda.

--"¡Ah! ...y sáquenme al periodista, también. ¡Se puede ir!"

JC. se sorprendió .Salió sigiloso.

--" Lo que pasa que ustedes los periodistas son sinverguenzas y abusadores. Seguramente que el Director de la porquería de periódico en que trabajas, puso presión a Mi Comandante y el pobre hombre no tuvo otra alternativa que la de dejarte libre", dijo el oficial cambiando obviamente su tono de hablar y elijiendo cuidadosamente las palabras.

Todos caminaron por el pasillo mugriento y maloliente. El resto de los prisioneros se arremolinaron trás la pesada y bulliciosa reja, que se cerraba frente a sus narices.

El anciano se deslizó, ahora, lentamente por el pasillo que conducía a la gran reja principal. JC. Iba adelante, ansioso de dejar trás de sí el asqueroso lugar. Nunca había sido testigo de tanta inmundicia ni de tanta porquería política.

Sin que nadie se diera cuenta, el Oficial se adelantó unos pasos y al pasar por el lado del anciano, lo tocó en el hombro y, casi en silencio, le susurró una palabra.

---" Buena suerte en su revolución, querido anciano. ¡Que Dios se apiade de nosotros!" le dijo al tiempo que le daba un empujón y le gritaba una grocería.

Ambos, pasaban a la puerta de rejas y se enfrentaban, ahora, a la comisaría policial con sus gendarmes observando la acción.
 

LIBRO 2



CAPITULO 1



Esa tarde.
13:48:03 P.M.

Debían ser pasada la una de la tarde cuando JC. se subió al automóvil estacionado a la salida del recinto policial.

La calle continuaba caliente y casi desierta a esa hora del día. La población parecía caminar más lenta que de costumbre bajo aquel extenuante sol caribeño. La tarde, se sentía más calurosa que de costumbre.

A la derecha del asiento trasero, trás la ventanilla, el muchacho divisó al Director del pequeño vespertino, pariente de "El Nacional", para el que  trabajaba desde hacía unos cuantos meses. Era un hombre delgado, de cara larga, con anteojos gruesos que se balanceaban en su nariz aguileña. Leía las pruebas tipográficas del matutino. Cuando el joven reportero entró al vehículo, no dijo nada.

JG. se sentó junto al chofer.

A velocidad moderada bajaron por la calle del Congreso Nacional, pasaron bajo las Torres del Silencio, allí donde comienza o termina la autopista del Este, en la parte céntrica  de la capital venezolana, atravezaron la plazuela española que adorna caprichosamente la acera de la Dirección General de Extranjeros y, finalmente, se detuvieron frente al inmenso portón del periódico más popular y de mayor circulación en el país.

--"Director", dijo el conductor, "llegamos, señor".

JC. se bajó primero.

Una vez en el suelo, asomó la cabeza por entre la ventana del asiento ocupado por su jefe, como queriendo decirle algo.

--" ¿Lo llevo a su casa, Don Mario?" preguntó el chofer sin siquiera darse cuenta de que podría estar interrumpiendo el ritmo de una conversación importante.

--" No, Jacinto. Voy a almorzar  con este muchacho en el comedor del primer piso. Váyase a casa y regrese por mi dentro de...digámos..un par de horas." dijo  y se bajó por la otra puerta, dejando a JC. con una palabra en la boca.






CAPITULO 2



En el edificio de
"EL Nacional"
14:02:15 P.M.

En el camino, se detuvo un par de veces y saludó amablemente a más de un empleado. Pasadas las escaleras que daban a la redaccion local, tomó al joven del brazo y apretó el paso. Entraron al comedor del periódico pero, pasaron primero por el bar adornado con fotografías generales y con unas cuantas primeras páginas de varios periódicos de épocas pasadas. Frente a la barra de caoba brillante, el hombre ordenó dos vasos de ron, que más tarde les serían enviados a su mesa privada.

--" Primario, chico, sírvenos el almuerzo en mi mesa ", dijo al mozo que les seguía fielmente con la vista. Ambos entraron a un recinto aislado del resto del comedor por una cortina de pequeñas bolitas. Se sentaron frente a frente.

Pasaron unos segundos sin que se dijieran palabra alguna. Segundos más tarde, apareció el mozo  con una bandeja, portando los tragos pedidos por el Director. 

---" Tenemos paella a la valenciana para el menú de ésta tarde", dijo el sirviente, agregando  con una sonrisa grandota:--"..de esas paellas con sabor a gitana bonita y colorida, como en el fandango. Se la ofrezco, Don Mario, porque viene reciencito saliendo de la fábrica."

El mozo sonreía con su feliz espíritu de andalúz pícaro mientras que, ágilmente, limpiaba la mesa.

Don Mario dijo que sí. El muchacho, también.

--" Hace más o menos quince días", dijo el Director abriendo el diálogo, "enviamos a Curazao a uno de nuestros mejores reporteros. A esta altura de la semana deberíamos haber tenido noticias de él, por lo menos, pese a que no esperamos sus despachos hasta para dentro de un buen tiempo."

---" El Maracucho, como le llamamos, es un jóven nervioso y, tal vez, un poco irresponsable. Buena mezcla para reportero. Bueno, el asunto es que me tiene preocupado porque , principalmente, no sabemos nada y me temo que ese muchacho  se haya metido en más de un barullo...."

Hizo una pausa para beber de su ron. JC. aprovechó el momento para intervenir.

--" Ya me figuro el problema. Pero, me pregunto, ¿Qué hago yo mientras tanto?"

--" ¡Momentíco! Ya vamos a llegar a eso", respondió el hombre.

--" Los primeros informes que tuvimos, hace unos meses, dicen que un grupo de idealistas piensa liberar a Venezuela trayendo armamento a nuestras costas. Quiero que entiendas que ésto es sólo una especulación periodística y que toda investigación sobre el particular, debe ser tatada así...simplemente como una investigación periodística". Nuestros intereses, o creencias personales, cualesquiera que sean, deben quedar de lado¿Entendido?"

---" Es una noticia exclusiva de nuestro periódico y el Maracucho la viene siguiendo desde hace unas cuantas semanas. Nos interesa levantar la circulación porque proyectamos continuar con el vespertino. Pero eso, es tema para otra conversacion."

---" Por ahora quiero que sepas que tú misión será la de reforzar a este muchacho, asegurárse que se tomen las fotografías correspondientes y, sin intervenir en lo más minimo, regresar a la redacción, aquí en Caracas, para darle el impulso que hemos programado...¿Entendido?"

JC. guardó silencio preguntándose, por qué el Director lo había elegido a él, un chileno casi recién llegado a Venezuela, en circunstancias de que muchos de sus compañeros estaban en mejores condiciones sociales para hacerlo.

Mario Vásquez Montesorio adivinó el pensamiento de su redactor.

---" Por eso, vale. Porque eres recién llegado y porque eres chileno. En lo primero, porque nadie te conoce bien, todavía. En lo segundo, porque en Curazao no sospecharán de un chileno perdido en esa nada."

---" ¡Ah!, me lo suponía, Director."

Desde una esquina del salón apareció Primario portando sendos platos humeantes de su famosa paella  valenciana. El mozo sonrió cariñosamente al depositarlos sobre la mesa.

--" ¡Ajá, Don Mario! Aquí está la belleza española que le había prometido. Fíjese Ud. la cara de sabrosura que tiene. Si pareciera que vienen de la mismísima Sevilla, señor!"

--" Gracias, Primario. En verdad, se vé sabrosa", le respondió JC. Al momento en que el hombre regresaba a la cocina.

--" No me diga lo que piensa, porque se lo adivino en su cara", siguió hablando el viejo periodista. "Necesitamos una cara nueva en este tipo de trabajo y, es por esa razón, que te he elegido. Williamstaad es una ciudad peligrosa, llena de espías posando de periodistas, donde todo se sabe y todo se complica. El Maracucho es un muchacho especial para estas cosas y conoce muy bién las entradas y salidas de la isla. Además, está en contacto con los dirigientes del movimiento."

Ambos comían a gusto, saboreando el arroz casi rojo con el pimentón que, a cada movimiento del tenedor, se deslizaba por entre las grandes piezas de pollo y por los camarones humeantes, exquisitos y olorosos.

Pasada la puerta del reservado en que se encontraban, se escuchaban los sones de un quatro y unas maracas entonando el compás melodioso de la música guajira.

--" Me dijiste que me amabas...
     ...y que no me olvidarías..."
              ¡cháqueti, cháqueti...cháqueti, cháqueti!
                                entonaban las marácas.


El ambiente se hizo más cordial bajo el ritmo de la música venezolana. Los periodistas callaron por unos instantes, mientras la paella desaparecía angustiosamente, en el caso de JC., desde los platos blancos y grandes.

--" Poco después que terminemos aquí", regresó dicendo el Director al continuar con la conversacón...pero fué interrumpido nuevamente por la presencia de Primario.

--" Aquí le traigo a Ud., Don Mario y querido jóven chileno, uno de los postres que tanto les gusta. Después del sabor de la Madre Patria, bién les vienen estas guayabas con queso blanco. ¡Ajá!..¿Qué le decía a Ud.?"

--" Gracias, Primario. Excelente idea pero ahora tenemos que hacer. Trata de que nadie nos moleste."

Nuevamente desapareció el mozo, nunca acostumbrado a estos misteriosos secretos de los periodistas locales.

--" Vamos, Don Mario, si somos del mismo bando¡Hombre!" dijo el sirviente pero se alejó a regañadientes murmurando su desplacer.

--" En Calle Sábana Grande, al este de la ciudad, que está a continuación de la Plaza Venezuela, hay un café llamado San Remo. Poco después de caer el sol, te esperará allí un hombre de cierta edad, con pelo cano y modales agradables. Es uno de nuestros contactos internacionales desde hace muchos años. Habla con él. Su nombre es..."

Se detuvo unos segundos. Miró a su alrededor pensando, quizás, que sería poco cuerdo o peligroso, mencionar el nombre de su fuente periodistica y, désde su maletín sacó un papel para escribirlo. El Director sonrió como con agrado y se lo extendió a su reportero.

---" Apréndete de memoria y préndele fuego ahora mismo", le dijo al intrigado jóven.

JC. obedeció.

Hubo un silencio absoluto mientras el pedazo de papel se convertía en humo y cenizas.


CAPITULO 3



CAFÉ "San Remo",
En el barrio de Sábana Grande,
al este caraqueño.
Jueves 15 de Mayo.
02:43:11 A.M.

El fresco tropical nocturno se dejaba notar en esos calurosos días caraqueños.

Eran cerca de las tres de la madrugada.

JC. conducía su automóvil por la Autopista del Este, hacia el sector moderno de Caracas, camino al Café San Remo, en Avenida Sábana Grande. Esa madrugada, se entrevistaría con el misterioso revolucionario nacional para iniciar, así, los preparativos de su viaje a la isla de Curazao. Era confortable saber que se había comenzado la búsqueda de su compañero de trabajo.

Tomó la salida de Plaza Venezuela y se enfrentó a la avenida desierta a esa hora. Un poco más allá encontró el local, un muchacho le estacionó su carro y el chileno se dió a la tarea de buscar al que debía ser su contacto.

San Remo era, más bien, un club privado al que acudían muchos extranjeros. cosa corriente en la capital venezolana donde, en esa época, la mayoría de la población era europea. Estaba situado en la planta baja de un edificio de catorce pisos, pocas cuadras mas abajo de la plaza, en el corazón de lo que podría ser el barrio caraqueñO de mayor vida nocturna.

La puerta estaba custodiada por un portero uniformado que se paseaba nerviosamente bajo el toldo verde, cubriendo un pasillo vestido de alfombra roja ocupando toda la vereda, desde la acera.

De su interior emanaba el olor típico de los placeres nocturnos. Una iluminación de colores indicaba a sus comensales que, en el recinto, se podían hacer muchas cosas diferentes no permitidas en otros sitios. Al fondo, como acompañamiento a la escena europea de su entrada, sonaban canciones italianas interpretadas por jóvenes artistas venidos de Europa.

Y, dada a las circunstancias políticas, el fenómeno social era más que lógico.

Porque el gobierno del General Márcos Pérez Jiménez, el dictador de turno, había permitido la entrada a miles de españoles, portugueses e italianos para originar un desbalance premeditado en el mercado laboral y, así, permitirse el lujo de pagar salarios más bajos de lo que estaban acostumbrados sus trabajadores criollos. Los europeos eran más baratos que los locales y con ellos pudo construir las obras públicas tan características de su gobierno. Como consecuencia logica de esta maniobra, vinieron extranjeros adinerados en búsqueda de mayores ganancias y toda clase de inversionistas con los ojos puestos en la nueva y resplandeciente industria petrolera de la nación sudamericana. Junto a ellos, por supuesto, vino el individuo de vida fácil, las figuras internacionales del entretenimiento y, en fin, el hombre del "Bien Vivre".

Esos eran los ingredientes que formaban el núcleo de los que, en esa noche, se divertían en el Café y Night Club San Remo.

En la puerta, el uniformado le pidió una identificación al jóven chileno. Al decir y demostrar que era periodista en búsqueda de un entrevistado específico, el hombre pareció reconocer de inmediato al nombre que JC. Le mostró el mismo pedazo de papel en que lo escribiese su Director. Por consecuencia, le hizo pasar rápidamente hasta un reservado del lugar, tras unas cortinas multicolores.

La pieza que se veía cómoda, poco iluminada, pero de muy buen gusto. tenía una mesa, tres sillas y un pequeño bar en una de sus esquinas.

JC. pudo divisar casi la sombra de un individuo vistiendo el liqui-liqui de los campesinos. De inmediato, pensó en el anciano que esa misma mañana había visto y con el que había conversado en la cárcel municipal del centro caraqueño.

Se detuvo un instante, para asegurarse de su visión, pero no tuvo tiempo suficiente.

--"Bienvenido, mi jóven amigo chileno", le dijo cariñosamente el dirigente revolucionario al verlo entrar en el recinto. JC. se encaminó cortesmente hasta la silla y, como era su costumbre, le estiró cariñosamente la mano derecha.

Al desliszarse y verlo en la luz indirecta, JC. sonrió amistosamente y le llamó por su nombre.

--" Un placer, Don Julio", dijo casi en silencio.

El anciano se levantó de su asiento, se acercó otro poco, le aceptó el saludo estrechándole su derecha mientras que con su izquierda le tocaba carinosamente la base del cuello, debajo de la oreja respectiva.

--" Me alegro que haya venido a esta hora. Así estaremos mas tranquilos. Pero, sentémonos y bebamos un poco de cognac para festejar el encuentro."

---" Me asombra usted, Don Julio. No pensaba encontrarlo en estas circunstancias. Nunca imaginé que fuera usted la persona que yo buscaba."

---" No me extraña, muchacho. Sin embargo, yo sabía todo el tiempo con quién estaba tratando en la cárcel. Tendrá que perdonarmepero son gajes del oficio, quizás. Cuénteme, mi querido amigo, que pasó después de almorzar con el Director de su periódico?" preguntó el anciano.

JC. volvió a extrañarse por la declarción y los conocimientos del revolucionario. Pero, como lo había dicho el anciano mismo, prefirió guardar silencio.

---" Nada en particular", le dijo.

---" Qué extraño", aclaró Don Julio.

---" Es decirnada en particulara excepción de que me ordenaron reunirme con ustedo alguien parecido a ustedno séme confunde usted un poco."

---"Bien, JC.y ¿Por qué eso de JC.?

---" Bueno, es que me parece mejor que llamarme Joaquín Carlos Amunáteguietc.,"

Don Julio le interrumpió con una mirada inquisitiva.

---" No se preocupe Ud. Su nombre lo conocía mucho antes de verlo en persona. Está bien¡JC. será! En todo caso, jóven chileno, lamento no poder darle de inmediato mayores detalles sobre nuestra organización  pero, muy luego, llegará el dia en que Ud. y yo, nos sentemos a conversar largamente sobre los detalles de este maravilloso episodio en nuestras vidas. Mientras tanto, estimado amigo, le ruego que confíe en nuestra experiencia soldadesca y nos permita brindarle nuestra amistad, mi admiración y mis mejores deseos de ayudarle a encontrar a su compañero periodista."

Ambos bebieron un sorbo del cognac que se calentaba lentamente en la palma de sus manos.

--" Nosotros estamos en contacto con ese mulato maracucho y, a cambio de este  favor, yo le voy a pedir otro. Necesitamos de su cooperación, como es lógico, pese a que el Director de su periódico nos ha manifestado que contamos con todo el apoyo suyo...es decir del Director."

---" En todo caso, mi joven chileno, hay algunas cosillas que me gustaría relatarle previamente, cualquiera que sea el camino que  más adelante tome esta conversación inicial."

A JC. ya no le parecían extrañas las palabras del hombre y, pese a todo el misterio que encerraba la posición de su Jefe y de los integrantes de éste grupo, decidió prestar la atención necesaria. Su espíritu de investigación le decía que algo muy especial estaba a punto de suceder en ese país venezolano y que, Don Julio, era el individuo indicado para guiarle en éste extrañísino camino.

--" Dentro de unos quince a veinte días, van a suceder hechos muy especiales en los que muchos de nosotros participaremos arduamente. Ahora bien, estamos concientes, como Ud. se imaginará, de que la única manera de desembarazarse de los problemas habidos en esta nación, es mediante la terminación total y absoluta de sus bases político-militares y de su influencia en la vida socio-económica de la población"

---" En otras palabras, y aqui pedimos la ayuda correpondiente para mantener el secreto necesario, estamos organizando un pequeño sacudón a las fuerzas gubernamentales para...buenopara decirles, de alguna manera, que no nos agradan sus procedimientos."

---" Aquí no habrá muertes inecesarias ni consecuencias catastróficas, pero creemos en que algo se debe hacer para detener, SI, detener ésta marcha absurda de las cosas que suceden en el mundo pequeño y grande de Venezuela."

JC. miraba al hombre con cierto respeto porque se figuraba que la aparente tranquilidad de Don Julio iba un poco más allá de los discursos y de las habladurías en cafés capitalinos.

---" Don Julio, yo no estoy preparado para cuestiones relacionadas con guerrillas venezolanas, colombianas o de cualquiera otra parte del mundo, pero quiero que sepa que, en mi calidad de periodista, huelo, aquí, un buen reportaje.

---" No le prometo mi ayuda física porque sería ir en contra de mis principios de no intervención directa en cuestiones de la política nacional del país en el que trabajo. Ud. sabe que nosotros no podemos hacer eso. Pero...siempre hay un pero."

El anciano le interrumpio con una leve sonrisa en sus labios.

---" Así es, mi buen amigo. Los peros, a veces, nos permiten cambiar o mejorar una proposición.cómo sería el caso en esta oportunidad¿Verdad?"le dijo.

El chileno se detuvo por un instante. Carrspeo y continuo diciendo.

---" Creo tener una obligación con mis lectores y ésta, consiste en mantenerlos informados de las cosas que suceden y de las que yo soy testigo", dijo pausadamente el jóven chileno mientras continuaba calentando el cognac al moverlo suavemente contra los costados de la copa.

Don Julio sonrió y le ofreció un cigarro habano, de los que ambos huntaron la punta perforada en sus licores. Luego, habló nuevamente JC.

--" Soy un fiel creyente en aquello de que el reportero debe ser testigo personal de lo que está por escribir en las páginas de su periódico y, pese a que desconozco los detalles más importantes de lo que sucederá en éstos próximos días, estoy dispuesto a mantenerme como observador y servirle de ...digamos.. algo así como un órgano propagandístico para sus diligencias golpistas. Esos son los deseos del Director del periódico que represento.", agregó el muchacho.

--" Vamos, jóven amigo, no sea Ud. tran drástico para calificar nuestras acciones patrióticas. Digamos que proyectamos salvar a la patria de esta modorra en la que se encuentra. Digamos también que, con nuestra acción de "golpistas", como Ud. quiere llamarla, queremos obtener la libertad social y espiritual - hasta economica- de nuestros hijos."

---" Así como Ud. tiene obligación para con sus lectores, nuestra ética profesional, llamemosla de ésa manera para entendernos más facilmente, nos obliga a ofrecer sus libertades a nuestros "propios lectores", si así quiere denominarlos para su conformismo profesional", le contestó el hombre.

Nuevamente acotó el chileno.

--" Ya que  estamos de acuerdo en la clasificación de éstas cosas", dijo" vamos al grano, porque me temo que dentro de unas horas más, debo viajar a Curazao en el avión privado de la compañía", agregó.

--" Exacto, estimado amigo...vamos al grano de estas cosas. Pero antes, quisiera expresarle que admiro su sentido profesional para captar las ideas importan."

En esos instantes fué interrumpido por un muchacho negro, fornido y buenmozo que se acercó ceremoniosamente hacia el anciano. Agachó su cabeza y le dijo una par de cosas al oido. Don Julio lo miró con cariño, le tocó su antebrazo y le sonrió con respeto.

---" Gracias, Armando. No te imaginas lo que lamento el incidente. El Oficial era un buen amigo de nuestra causa. Lamento que haya tenido que dar su vida por nosotros. Habrá que retribuirle el favor ganando nuestra lucha. Dile a Malaquías que se preocupe de su esposa y de sus hijis. Que les den todo lo que necesitan y un poco más.", dijo y siguió con el tema de su reunión, como si nada hubiese sucedido.

---" como estaba diciendo, mi jóven chileno. Me alegro de que quiera ir al grano de las cosas. No quiero decirle que tiene Ud. sentido común -porque sería insultarlo- sino que, más bien, es Ud. inteligente. Me alegra hacerlo porque la justicia es la base que nos mueve a realizar ésta tarea histórica".

Pese a que estaba sumamente interesado en conocer mas detalles sobre la visita del hombre de color pero suponiendo de lo que se trataba, el jóven periodista levantó su copa y bebió copiosamente. Don Julio devolvió su brindis con un movimiento de cabeza, aspiró una bocanada de humo habanero y prosiguió.

--"Un muchacho venezolano que vive actualmente en Williamstaad, le llevará a Ud. hacia su amigo. En retribuición, nosotros pedimos que Ud. siga paso a paso, junto con el maracucho, los detalles de lo que pasará más tarde. No puedo darle mayores detalles, por ahora, pero nuestro contacto irá indicandole los detalles a seguir."

---" Queremos, jóven amigo, que Ud. sólo se comprometa a relatar la verdad de lo que verá en Curazao. Nada más ni nada menos," dijo mientras le entregaba un papel con el nombre del mencionado amigo.

JC. lo leyó con cuidado. Después, Don Julio sacó de su bolsillo un encendedor con el que convirtió en llamas al documento.


Se abrió la cortina que servía de puerta y entró un hombre con una espesa barba y largo pelo. Al verlo, el anciano se levantó y pidió excusas para atenderlo.

--" Dentro de poco más de una hora irá amaneciendo, Don Julio", le susurró el hombre. Hubo una pausa y el dirigente regresó a su asiento.

--" Así es, estimado amigo, debemos abandonar nuestra mesa porque llega el día y, con ello, cambian nuestras actividades. Cuídese de los peligros inecesarios y vaya con Dios en la mente. Nosotros le ayudaremos a Ud. Muchas gracias por sus amabilidades y recuerde, mi querido chileno, somos una nación jóven con derecho a la vida y, al igual que las demás, queremos hacerlo de la mejor manera que podamos llenos de paz, amor y de esa tranquilidad ciudadana que motivó a la independencia de mas de cinco países sudamericanos", dijo el anciano y desapareció rápidamente de la escena.

JC. quedó solo. Quiso pensar por unos momentos pero le interrumpieron. Una mujer se acercó sigilosamente y le entregó un sobre.

--" Cuando llegue a Curazao, regístrese en el Hotel Inglés. Trate de conseguir un cuarto en el segundo piso. Buena suerte" le dijo y también desaparecio de inmediato.

Ahora sí que estaba solo.


Al salir, notó el cambio de color en el cielo de la noche que se iba lentamente. En la calle, comenzaba el movimiento típico de un día de trabajo con sus vehículos, la gente subiendo a los autobuses, los vendedores de periódicos y los taxistas buscando resagados de la vida nocturna.

JC. Pidio su vehiculo. En unos minutos, un muchacho vestido con guayabera blanca se lo estacionaba frente al edificio. Subio, hizo una vuelta hacia el este y se dirigio precipitadamente a Plaza Venezuela. Pasando por el edificio Polar, llego a la entrada de la autopista y, poco después, se fué en camino al aereopuerto de Maiquetía para emprender su viaje a la capital curazaleña.


CAPITULO 4


Cerca del Edificio Polar.
Plaza Venezuela, Caracas.
Lunes 19 de Mayo de 1952.
11:36:25 A.M.

Heriberto se rascaba la barba para disimular el nerviosismo mientras miraba a hurtadillas trás la cortina de la ventana, hacia Plaza Venezuela. Llevaba horas y más horas de esperar al mensajero que se acercó a la mesa del café, en la acera de la Avenida Miranda de Caracas, para decirle que el "Comandante quería fijar la fecha para el desembarco de las armas, en el plan C".

Había pasado completamente solo todo el fin de semana. Sólo restaba esperar y, eso hacía.

Además de nervioso, estaba molesto por el misterioso silencio que encerraba toda esta cuestión. Le desesperaba que lo mantuvieran en la ignorancia y no le gustaba aquello de recibir detalles inconclusos de un plan importante.

---" ¡Pero, qué joder !" pensó, "es mi deber patriótico."

Mirando directamente hacia la puerta baja del edificio, notó la presencia de una mujer atrayente que caminaba acompasada, moviendo sus caderas sensuales y sus pechos sueltos, dirigiéndose hacia la entrada principal. Le pareció extraño y tuvo un presentimiento. Minutos más tarde, escuchó que alguien golpeaba la puerta de su departamento.

Se dirigió a abrir.

--" Quién anda allí?", preguntó con su mejor tono familiar.

--" Mariéla", contestó una voz sensual que, evidentemente, pertenecía a la mulata divisada por la ventana.

--" Mariéla...que más", replicó Heriberto como esperando una contraseña o algo que le indicáse la identidad de la mujer en cuestión.

--" El Comandante quiere fijar la fecha del plan C", escuchó.

El hombre se quedó perplejo por unos segundos, pensando en lo peor. La verdad es que nunca había visto a tan famoso Comandante y estaba atónito, tán sólo de pensar, en que la voluptuosa muchacha pudiera ser la que dirigiese aquel movimiento político del país.

--" ¡No puede ser!", pensó justificándose.

Con una gran duda, colocó la cadena de seguridad y entreabrió la hoja de la puerta. Allí estaba ella. Vestía traje celeste y apretado dejando ver, trás la ropa, sus líneas exquisitas de mulata caribeña. Al abrirse la puerta, la muchacha sonrió con coquetería y pidió hablar con Heriberto en un acento que, definitivamente, era mezcla de francés con español.

--" Adelante.pase Ud..", dijo un poco avergonzado, quién sabe por que razón.

--" Soy Mariéla"

---" Ya lo veo.muchachita encantadora" dijo Heriberto todo sonrojado y nervioso. La mulata sonrió y de inmediato endureció sus facciones para indicarle que llegaba el momento de seriedad.

---" Vengo en nombre de nuestro amigo común. Pertenezco al Servicio de Inteligencia y quiero estar segura de quién es Ud.", dijo al deslizarse por entre la puerta, dirigiéndose hacia el pequeño bar cercano al reducido comedor.

El hombre se quedó más perplejo aún. Estaba más que sorprendido de la belleza de aquella mujer.amén de que no se esperaba semejante mensajero.

Fracciones de segundos más tarde, cerró la puerta sin quitarle siquiera los ojos de encima a las caderas de la jóven recién llegada. Le hizo una seña con la mano izquierda para que se sirviera un trago, al tiempo que le pedía excusas para dejarla unos segundos por sí sola, mientras iba hasta el dormitorio.

Rápidamente regresó con un sobre en la mano derecha.

--" Son algunas de las cartas que me ha enviado el Jefe de Seguridad del movimiento ", dijo, "Puede leerlas si quiere, pero yo preferiria tomarme un trago con Ud., Mariéla. Cualquiera persona que se ponga a leer cartas en un momento como éste, tiene que estar muy enfermo de la cabeza", dijo Heriberto

--" Es muy probable", manifestó la muchacha a tiempo que le entregaba un vaso lleno de licor." Pero si no se pone serio, jovencito Heriberto, el enfermo de la cabeza será usted después del tremendo piñazo que le voy a dar.¿Que le parece?"

Heriberto tomó el trago con gesto bondadoso y una sonrisa nerviosa. Sin embargo, pese a toda su incomodidad, aprovechó la entrega de la copa para acariciar cínicamente las manos de la bella mulata. Le atraía enormemente.

¡Nunca había visto senos tan hermosos!

Senos que se hinchaban delicadamente un poco más arriba del escote y luego se deslizaban en forma perfecta por debajo de la seda que les cubrían. La juntura de ambos pechos, era más que perfecta, creyó Heriberto. La cintura parecía interminable a sus ojos agrandados por lo que estaba observando. Con una sonrisa de placer ilicito, seguia mirando aquellos contornos más allá de las caderas, de las piernas y hasta los tobillos.

---" Usted es Increíblemente bella", le dijo en medio de un hondo suspiro de amor.

Otras cosas peores penso para sus adentros mientras trataba, dificultosamente, de mantener enroscados sus dedos, entre los de ella. La joven las resbaló y aprovechó para regresar al pequeño bar.

Tomó el teléfono que estaba al final del mostrador. Marcó seis números y espero.

--" Soy Mariéla", dijo en voz un tanto baja. "Ya puede subir MI Comandante. Todo está bien.por lo menos hasta el momento".

No dijo más. Se sentó en uno de los sofás de la sala y bebió tranquilamente el ron que le habían servido.

Heriberto no hayaba como disimular su inquietud  pero no quiso comprometerse más allá en aquello que pudo haber sido la más grave y torpe maniobra de su vida. Puso cara de serio y se sentó lo más lejos posible de la mulata que segundos antes lo tenía al borde de la desesperación.

Decidió, también, esperar por el desconocido.

Un minuto después, se sintieron tres secos golpes en la puerta. La muchacha se levantó rápidamente, como si se tratara de servir a un superior.

--" ¿Quién es?", preguntó para asegurarse que todo estaba bién.

Hubo dos golpes seguidos, y uno más a cierta distancia. La muchacha abró con seguridad, sin mayores preguntas.

Dos individuos morenos, altos y fornidos, uno de ellos con barba y cabellera que le llegaba un poco más abajo de la cintura, entraron aceleradamente al departamento. Mientras uno se dirigía velózmente al dormitorio, el otro caminaba a grandes zancadas hasta la cocina y miraba minuciosamente todo el sitio.

El que entrara primero, pareció indicarle algo a Mariéla porque la muchacha se dirigió de inmediato hacia la puerta que estaba, ahora, entrecerrada. La abrió de par en par y entró un anciano.

Heriberto se sorprendió. Esperaba a un hombre jóven, lleno de vitalidad, quizás vestido con uniforme de miliciano. Pero, para su admiración, el recién llegado tenía cara bondadosa. Inspiraba respeto y nada más.

Heriberto intentó trasladarse hasta el bar, buscando otro trago, pero el hombre de la barba ya estaba sirviendo un cognac en copa grande. Se lo entregó al anciano. El hombre se detuvo, lo movió entre sus manos arrugadas y callosas. Lo olió, aspirando profundamente su aroma francés, tomó un cigarro habano y lo hundió en el centro de la copa mojando la  punta perforada. La chupó como con cuidado, como saboreándola, y en su cara se vió un gesto de agrado.

Habían pasado segundos desde la llegada de Mariéla. Todo sucedió con tal rapidéz, que Heriberto aun seguía perplejo en el medio de la sala, con una mirada de extrañeza que demostraba abiertamente su confusión. No comprendía bien lo que estaba sucediendo en su propio departamento.

--" Me llamo Don Julio", dijo el anciano acercándose a Heriberto mientras le extendía su mano derecha. Le dió un fuerte apretón y le invitó a sentarse en el sofá grande, a cuyo respaldo estaban parados Mariéla y el hombre que entrara primero.

--" Hace algunos días, uno de nuestros oficiales de seguridad le manifesto, estimado joven y amigo, que quería verlo para fijar la fecha de la entrega de nuestras armas. Debo decirle que, después de hacer nuestras investigaciones correspondientes, nos satisfacen sus credenciales. Sin embargo, le aconsejo pudenciami querido amigo. Prudencia es la virtud más importante que se puede tener en estos tiempos difíciles de gran violencia."

---" Ahora bien,  estamos planificando los movimientos iniciales y creemos llegado el momento de tomar las primeras acciones, aquí en la capital."

Heriberto agachó la cabeza en signo de afirmación.

--" Por supuesto, Don Julio. Me parece un momento importantísimo. El comprador está yá en Williamstaad desde hace unos cuantos meses, negociando al arriendo de la transportación que traerá el armamento."

El anciano asintió con un movimiento de cabeza y bebió otro sorbo de cognac. Le entregó la copa a Mariéla y, solemnemente, encendió el cigarro aspirando con la misma intensidad con la que había bebido su primer sorbo de licor.

Ahora, parecía pensar.

---" ¿Cuánto nos va a costar este medio de transportación?"

Parecía preocupado y sin esperar respuesta, concluyó...

---"Es cuestión de que nos den unas horas para obtener el dinero, cualquiera que sea la cuenta..."

---" Eso no es problema, Don Julio".

El anciano se levantó del asiento y, con otro movimiento de cabeza, dió por terminada la conversación.

---" Bien, esperamos que usted tenga razón y que nosotros no tengamos problemas."

---"Se lo aseguro, Don Julio. Todo está preparado, las armas deben estar comprandose a esta hora, la nave estará a su disposición en cuestión de un par de días y sólo esperamos que su contacto verifique mis declaraciones."

El anciano se vió complacido.

Con toda rapidéz Mariéla se escabulló hacia la puerta, la abrió y desapareció por el pasillo en camino hacia el ascensor. Seguidamente, los dos hombres se movilizaron rápidamente. Uno quedó tras de la puerta pero en el pasillo,y el otro caminó aceleradamente hacia el ascensor.

El anciano se quedó solo con Heriberto.

---" Quiero las armas a las cinco de la madrugada de los próximos días. Un grupo de mis  hombres más cercanos estará a la orilla de la playa para enterrarlas en las arenas de Maiquetía. Recuérdelo, jóven amigo."

Don Julio dejó el cigarro sobre un cenicero, alargó su mano derecha  contra la de Heriberto, mientras que con su izquierda le tocaba la base del cuello, a modo de cariño y seña de hermandad.

Con la misma rapidéz con que se fué, Mariéla apareció nuevamente en el pasillo, frente a la puerta. El hombre se sintió reemplazado y se fué. Mariéla susurró algo al oído de Don Julio.  El anciano se dió media vuelta, guiñó su ojo izquierdo a Heriberto y desapareció también.

El muchacho se asomó a la ventana que daba hacia la gran avenida. Frente a la salida del edificio, había estacionado un Cadillac negro, del tipo limousine. Un tercer hombre le abrió la puerta trasera, cercana a la acera, mientras que los que habían estado en el departamento permanecían en cada punta del vehículo,escudriñando el silencio.

En esos momentos apareció Don Julio por la entrada principal del edificio. Todos entraron al Cadillac, que se movió suavemente para confurdirse con el tránsito diario de la Plaza Venezuela y rodeó al edifico de la Cerveza Polar, rumbo a la Autopista del Este que viaja hasta El Silencio, en el centro de la gran ciudad.

CAPITULO 5

Un poco de historia.




A poco más de 38 millas de las costas venezolanas, en el norte de sudamérica, bañada por el transparente y siempre tibio Mar del Caribe, se encuentran tres islas de propiedad holandesa pero con gobierno propio. Hablan un idioma propio, que denominan "Papiomento" y tienen  vibrantes partidos políticos.

Son Curazao, Aruba y Donaire. Dicen que en sus costas navegaron Barba Roja, el Cisne Negro y otras tantas figuras legendarias de la piratería universal. En todo caso, cerca de sus playas  emergen noblemente los bastiones españoles que dieron base a la civilización curazaleña, con sabor venezolano por su cercanía costera, holandés por su descubrimiento, inglés británico por razones de un corto período de Protectorado, español por su situación geográfica y mulato, por razones obvias.

Hasta se dijo que este trío de islas integraban, más bién formaban a las temidas "Islas de las Tortugas", donde piratas famosos llegaban para reabastecerse de licores, frutas y de tripulantes elegidos entre los más intrépidos marineros del globo.

En nuestros días Curazao, la isla principal, tiende a invitar al extranjero ofreciéndole algunas características propias en la que se entrevé la mezcla nativa con más de 50 nacionalidades diferentes.  Al suceder nuestra historia, Curazao tenía un 16% de nativos con íntima relación física y espiritual a Venezuela.

Todos sus visitantes obtienen un permiso inmediato de hasta seis meses, renovables de acuerdo a las circunstancias, y la única obligación es la de inscribirse en los registros policiales.


Curazao fué descubierta por Alonso de Ojeda, un español ayudante de Cristóbal Colon. 135 años más tarde, fué capturada por Holanda. En el año de 1800 vivió bajo protectorado británico para regresar a manos holandesas y volver a Gran Bretaña, unos 7 años después.  Sin embargo, el Tratado de París, en 1815, y el Tratado de Londres, la regresaron a Holanda bajo la gobernación del norteamericano Peter Stuyvesant.

Desde entónces, la isla es el paraíso del espionaje internacional.

En sus calles, también, corría hoy un aire revolucionario.





CAPITULO 6
MALANDRIO.




Para muchos, aquel mulato era un hombre siniestro y misterioso. Para los demás, era sólo un folklorista de la isla.  Para todos, Malandrio hacía las veces de un comerciante que deambulaba por las callejuelas estrechas de casas, tan típicamente holandesas, buscando negocios por la mañana y durmiendo plácidamente por las acaloradas tardes, en cualquiera de las playas curazaleñas.

Si se le quería econcontrar en forma rápida, había dos lugares para hacerlo. Ya fuera dejándole un recado con la mulata Ester o acudiendo a la lechonería "La Guayabita" cuando se iniciaban las apuestas mutuas que transmitía Radio Caracas Televisión, desde la capital venezolana. Los fines de semana eran dedicados a las muchachas de "Villa Felicidad", una especie de ciudad construída por el gobierno local para mantener controladas a las prostitutas de la isla mediante un fuerte cuerpo policial, manejado por un Alcalde afuerino.

Cada mañana, de lunes a viernes, Malandrio se vestía presurosamente para salir corriendo hacia la lechonería, un restaurante al estilo cubano,  de propiedad de la llamada "La Chica", una habanera residente por muchísimos años en el sector. En su lugar se conocían, más que de inmediato,las noticias máas importantes  y los rumores políticos mas sobresalientes de todas las com unidades habitando en la ciudad.

---" Malandrio, chico, pónme ciencuenta bolos en la se´ta carrera, a la tercera yegua y otros 25 bolívares en la tercera, a la se´ta yegua...y a ver si el lunes me pága lo que me debespo´que la semana pasá, chico, me dejaste casi más ´e la mitad adentro", reclamaba casi siempre la dueña del local mientras le llevaba su tazona de café cubano negro, dulce y humeante.

El hombre sonreía burlón y se dejaba insultar por unos minutos.

--" Total, chico", se justificaba, "si no los dejo insultarme, pue´ no entran en el negocio y un fuelte mi he´mano...es un fuelte, mushasho" decía pensando en la moneda de cinco bolívares.

Bebido el café reglamentario de aquel día, Malandrio salía nuevamente a la carrera en dirección al puerto y, entre bastidores, transaba florines holandeses por bolívares venezolanos y hasta los dólares americanos llegaban a sus manos callosas de mulato malandrín. Se sentía felíz de las idas y venidas, en su trajín diario, y hasta le gustaba saberse dueño de una cuenta corriente en cierto banco neoyorkino.

En esas primeras horas de la manana, Malandrio inquiría noticias venezolanas con los patrones de las barcazas que recorrían el corto trayecto a Venezuela, llevando o trayendo contrabando y, eventulamente, alguna carga legítima. De paso, compraba y vendía mercaderías varias a los marineros que se dejaban hacer negocios en un estilo más que obscuro y las que, luego, las escondían de las autoridades por miedo a unos cuantos años en la cárcel local maloliente y maquiavélica.

Pero, su mayor entrada consistía en el juego a los caballos que corrían semanalmente montados por joquis chilenos en el Club Hípico de Caracas. En el resto del día, y cuando le era posible, antes de sus siestas sagradas, el mulato atendía una pequeña oficina cercana al Consulado General de la República Dominicana, a pocos pasos de la plaza principal. Por allí decían que hasta el propio Gobernador, era uno de sus más fieles clientes.

Todos sabían que desde el viernes por la tarde, y hasta el lunes por la mañana, Malandrio no se encontraba en la misma parte. Pero ese viernes no había viajado a Venezuela porque, en la noche anterior, tuvo una cita importante.

Había hablado por telfono con Don Julio. La fecha ya estaba fijada.



LIBRO 2




CAPITULO 1



Williamstaad, Capital de Curazao,
en las Antillas holandesas.
Miércoles 21 de Mayo de 1952.
23:43:14 Horas.

Los turistas habían finalmente abandonado el mercado capitalino. Estaba obscuro en Curazao.

Las luces a gas daban un sabor exótico al mercadito local, donde todos andaban de compras. Era difícil transitar por aquellas viejas callejuelas empedradas del sector. En un país de libre comercio donde no existía el impuesto a la compra venta y en el que los industriales entraban y salían sin que se le revisaran sus maletas, cajones o equipaje en general,  había miles de extranjeros buscando la ganga, el precio especial para esa máquina fotográfica, el grabador más fino y extrafalario del momento, la ropa europea de alta costura y tantos otros objetos que, además, pagados en florines, alargaban notablemente al presupuesto..

Malandrio caminaba presuroso como siempre. Iba directamente hacia el Hotel Inglés. Bajo, delgado y nervioso, el hombre se confundía fácilmente con la multitud de hormigas humanas que entraban y salían de las tiendas, atravezando los sucios y roídos callejones, manoseando toda la mercadería que encontraban a su paso y, generalmente, más preocupados de ellos mismos que de la gente que lo rodeaban.

A pocos pasos del hotel, se colocó una casaca azulmarina que le habían regalado en una tienda del Edificio Central, allá en Caracas de Corrientes a Veroes, en Caracas. Se caló su sombrerillo marinero arrugado que sacó del bolsillo trasero de sus pantalones verdes. Magnífica combinación de colores, pensó más de algún turista que lo divisó de lejos.

Entró rápidamente al viejo edificio y subió a grandes zancadas hasta el segundo piso. En la habitación contínua a la escalera recta, golpeó dos veces.

Tuvo que esperar unos minutos para recibir la respuesta.

---" ¿Quién anda ?", preguntó una voz aguardentosa desde el interior de la pieza.

---" ¡Malandrio, chico! ¡ Abreme la pue´ta d'iuna vez y dehate´ preguntar boberías, chico!", respondió el mulato.

La puerta se entreabrió unos centímetros.

---" ¡Primo, carájo! ¿ Cómo estás compadre? ¿Y a qué viene ése acento cubano, primo? ¡Ya era hora de que llegaras! ¡No jódas!"

Era el Maracucho. Jóven, negro como el azabache, naríz aguileña, bastante delgado, ojos saltones e infinitamente hiperquinético. Abrió la puerta de par en par, regresó a su cama, se sentó en su orilla y, de paso, recogió un vaso de agua con ron que estaba en la mesa de noche.

Malandrio se acercó, le golpeó cariñosamente en un hombro y le solicitó un trago.

---" Bueno, chico, si paso por cubanopues la gente no sospecha de que soy venezolano y me tratan mejor..tu sábes, chico!"

Ambos bebieron sin hablar por un buen rato.

--" Anda pa´l carajo, mulato mal criado. ¿Qué pasa, chico ?", exclamó el Maracucho.

--" Nada en especial, fuera 'e que tenemos que ir hasta lo de Esteban pa' decirle que too está listo pa' hoy... A propósito, vale, de Caracas te andan buscando. ¡Chico! ¡Coño! ¿Pero qué pasa contigo que no te pones en contacto con tu gente en el periódico, vale? ¡Tú estás loco..o qué!"

---"...Y que más dá el cabrón periódico cuando hay cosas más importantes que hacer! Déjate de majaderías y sirvámonos otro palito...",dijo el Maracucho.

Malandrio aceptó, pero se le notaba preocupado.

---" Eres un jodedor de primera,¿ Sábes? Te dije que te daría toda la exclusividad de esta historia pero paré´e' que no tienes la menor intención de escribirnos la noticia.¿Qué te pasa, chico?", reclamó Malandrio.

---" ¡Pues nada! ¡ Qué carajos me vá´ pasal!" reclamó el otro, mostrando los primeros sítomas de fastidio.

---" Lo que pasa es que la cosa se te está poniendo un poco jodida, mi hermano, porque mañana llega uno de tus compañeros mandado por el periódico...es que no apareces en ninguna parte,chico. Jodes' y to'o el mundo se pregunta que carajo te pasa", le informó Malandrio con un tono subido.

El  maracucho se levantó con cara de preocupación.

---" Hablé por teléfono con Don Julio y me dijo que venía en camino un chileno", dijo el mulato para agregar levantando la voz " A ver si se nos jode toda la historia por culpa tuya, ¡Gran jodido!".

---"¡ Que vá!", le respondió Malandrio y se bebió el resto de lo que quedaba en su copa. Ya era hora de irse. Ambos hicieron algunos preparativos de última hora y salieron a la callejuela estrecha, con destino a la reunión.



CAPITULO 2



Williamstaad, Curazao.
En un lugar cualquiera.
Jueves 22 de Mayo, de 1952.
03:11:20 Horas

Estacionaron el automóvil  en una esquina y se bajaron presurosos para dirigirse hasta un portón español, alumbrado por un farol con luz de vela de cebo.

Golpearon.

La puerta fué abierta y ambos entraron sin que se les preguntara nada. Caminaron casi a tientas por un pasillo frío, con murallas de piedra, bajaron por una escalera bastante pronunciada y volvieron a golpear en otro portón.

--"¿ Quién es?", preguntó un voz ronca, de cualquiera.

--" Me manda Don Julio", dijo Malandrio consiguiendo, con esa contraseña, que la puerta se abriera del todo.

Definitivamente la pieza en que estaban debió haber sido parte de un subterráneo en una casa de algún magnate de otra época, quizás en tiempos de la colonia. Sus murallas de piedra maciza terminaban en un techo exquisitamente adornado con pinceladas de oro, llena de figuras de conocidos piratas caribeños, y  extravagantes escenas de violencia marítima.. Se veían bergantines atacados fieramente por otros, cañones disparando sus lenguas de fuego  desde la borda de poderosos navíos europeos y españoles.

Por ventanas el cuarto tenía rejas pesadas de hierro forjado que, corroídas por la humedad marina dejaban traslucir sus años y, con toda seguridad, tiempos mejores. En el centro del recinto había una mesa grande de caoba brasilera, quizás traída desde el Amazonas, al estilo Luis Quince. Todo el sector estaba iluminado con velas de cebo que chorreaban en una gama de diferentes colores y colocadas en grandes candelabros salientes de las murallas como, también, otros más que estaban puestos encima de aquella extraordinaria y delicada mesa.

Sentados, cómodamente algunos, casi recostados finamente otros y arrellanados groseramente los menos, había siete individuos negros ,fornidos, con cara de pocos amigos.

--" ¿Quién es ese mulato?", preguntó con voz afrancesada el que estaba sentado en el centro de aquel grupo.

--" Un amigo y compañero", respondió Malandrio con voz varonil.

--" ¡No queremos extraños  en este negocio!", dijo el de la esquina en un castellano casi perfecto." Representamos a una fuerza privada y mientras nosotros no decidamos lo contrario, aquí no hay negocio frente a un extranjero desconocido."

Malandrio se quedó callado por unos segundos, avanzó unos pasos y, mirando al que habia hablado, le replicó con voz altanera:

--" Si no se habla en frente de mi amigo, entónces no hay negocio. Uds. quieren ganar dinero y nosotros queremos las armas. Pero recordemos que todavía existen comerciantes honrados en esta isla, y bién podemos irnos a otro lado. Así es que, mi hermano, o jugamos con mis cartas o nos quedamos sin nada."

El negro del centro, presumiblemente haitiano, se levantó pesadamente, respiro profundo y, mientras miraba de un lado a otro, como consultando con sus compañeros, accedió a que el Maracucho se quedara en la pieza .Algo dijo en francés, porque el hombre que estaba en la puerta se acercó rápidamente al mulato y lo tomó del antebrazo a tiempo que le colocaba un cuchillo en las costillas derechas.

--" Ahora podemos hablar", dijo el que mandaba.

--" Hablé por teléfono con Don Julio y me dijo que, dentro de pocas horas, necesitaría de las armas. De manera, mi hermano, que hay que apurarse porque tenemos que embarcarlas en uno de los yates que están en la bahía. El dinero lo tengo en mi bolsillo ", dijo Malandrio.

--"¿Cuánto traes?", preguntó uno de los que estaba arrellanado en el asiento y que no había hablado todavía.

--" Cien mil dólares americanos, verdes y buenos."

El francés volvió a levantarse pero, ésta vez, dijo que la cantidad no le satisfacía.

--" ¡Já! Dijo Malandrio.

Después, hizo una corta pausa como para crear un ambiente favorable o, simplemente,.para reforzar su valentía que sufría un buen golpe.

---" No hay más por ahora. Podemos hacer dos cosas. La primera, sería aceptar la cantidad de dinero que tengo en el bolsillo y, la segunda,  quedarse con las manos vacías. Con la primera parte de mi respuesta, Uds. pueden meterse 100 mil carambolas gringas al bolsillo y, con la segunda...pues, irse al carajo porque¡ éso es todo lo que tengo encima!", respondió con un subido tono de insulto.

Le tocó, ahora, el turno al negro que no quería aceptar al Maracucho. Sacando una pistola Magnum apuntó a la cabeza de Malandrio.

--" Nadie nos puede prohibir que te quitemos el dinero que traes¡Gran cabrón!", dijo un tanto exitado.

Subiendo la voz, agregó con una gran  sonrisa..."con un solo balazo en tu cabeza de serpiente, te podemos matar de inmediato a tí y a tu apestoso amigo venezolano."

Malandrio levantó la cabeza y lanzó una ruidosa carcajada a medida que cubria con su mano izquierda, en forma extremadamente epligrosa, la inmensa pistola.

---"¡Já!  ¡já!  ¡ já!"

La apreto fuertemente y siguió riéndose como si hubiese escuchado a uno de los chistes más divertidos de su vida. La agarró peligrosamente del cañón corto y se la arrebató de las manos. Entónces, se dió media vuelta y se la entregó al haitiano.

--" ¡Coño, chico, tú sí eres bien bruto, vale!. Válgame Dios con este idiota. A que carajo me vas a matar cuando tú bién sábes que mis otros compañeros están detrás de mí! ¡Já, ja, ja! Me tocas un pelo, gran coñ´e tu madre, y más de dos mil mulatos te hacen pedacitos de la cabeza a los pies y después, coño, pués te lanzamos a los tiburones. ¡Negro brutopedazo´e pendejo! Aquí tienes el dinero y vamos entregando las armas."

El Maracucho miraba con espanto la escena extremadamente peligrosa y difícil. Nunca había visto a ese Malandrio que hoy observaba en forma tan, digámos, "profesional" y clara, cómo el que vio en esos instantes.

Por momentos, creyó que todo había llegado a su fin.

¡Nadie dijo nada!

Malandrio los había sorprendido. Aparentemente la farsa causó el efecto para el que había sido diseñado.sin querer, por supuesto. Buenotalvézcreada por los nervios del interlocutor.

Pero, en todo caso, había funcionado.

Silencio total.

Unos segundos más tarde, el hombre se sentó tranquilamente. Miró a sus compañeros y, ante la total ausencia de apoyo, guardó la pistola como un niño que se arrepiente de lanzar una brabuconada inútil.

--" Vamos a conversar como caballeros", dijo el afrancesado rompiendo el hielo.

---" El acuerdo fijaba una suma más alta de la que has traído, Malandrio, pero eso, es harina de otro costal. Sobre ése tema hablaremos más tarde con Don Julio. Creo que, por lo menos por ahora, llegaremos a una especie de trato inicial. Te vamos a entregar las armas bajo una condición. Tú sabes que ésta organización está representada por varias naciones negras del Caribe y que todos estamos a la búsqueda de lo que Uds. tienen en mente."

Malandrio lo miró como con recelo pero prefirió seguir con la temática.

---" Me alegro de ver que hay gente inteligente en este cuarto, chico.  Dejémonos de palabrerías baratas y vamos al grano del asunto. ¿Dónde esta el armamento?", preguntó Malandrio.

El afrancesado pareció no escucharle.

---" Estamos en las mismas condiciones. Nosotros vendemos éstas armas porque necesitamos el dinero para otras cosas. Tenemos suficientes como para reemplazarlas más adelante...cuando llegue nuestro momento. De aquí a cuatro meses, vamos a tener una de éstas mismas conversaciones dependiendo, por supuesto, del resultado de las acciones de vuestro Comandante. Por ahora, mulato, te las vamos a entregar sin mayores problemas, pero le vas a decir a Don Julio que en el próximo despacho pague la diferencia, o no habrá nuevas negociaciones", dijo el jefe de la sesión. Se detuvo unos segundos, apuntó su dedo índice hacia Malandrio y calmadamente le dijo:

--" Mulato, si tú crees que al matarte, más de dos mil hombres vendrían a descuartizarnos...deberías ver la cantidad de negros, como yo, que irían detrás de todos Uds., sus hermanas, sus novias y sus padres, si las cosas no caminan como nosotros queremos."

Malandrio mostró respeto por el individuo pero, en menos de una fracción de segundo, levantó nuevamente su voz.

--" Tengo que decir algo exácto aquí, chico, po´que si no hay caraotas hoy día, mañana no hay bolívares ni dólares gringos, canadienses o chinos  para ninguno de Uds. Si la cosa se pone muy jodida, los que quiebran son Uds. Po´que cuando nosotros ganemos, pues los hundimos aúnque sea agarrándolos del cuello.

---" Uds. quieren hacer una revolución justa y verdadera, pero cuando llega la hora de ayudar a los vecinos, se ponen todo difíciles. Mira que clase de ayuda nos están dando los grandes carajos. Debían habernos regalado los malditos fusiles pero, más mejor, nos cobran por las armas que ni siquiera pueden usar."

Lo escuchaban en silencio.

--" ¿Que dirían Uds. Si, cuando les llegue el momento y nosotros estemos en el poder, nos pusieramos pesados como Uds. y los jodíamos d'iun carajázo pidiéndoles más billetes de lo que tienen?" agregó Malandrio como poniendo punto final a sus declaraciones.

--" Dáme el dinero mulato coño´e tu madre, y véte con Dios. Aprovecha que ésta noche estamos con el corazón abierto. Las armas estarán en el sitio acordado ántes. Irán en cajones sellados, listas para embarcarlas", dijo el negro sentado en el centro de la mesa.

Malandrio sacó una bolsa de papel repleta con billetes americanos y la colocó sobre la mesa de caoba. El hombre que había puesto un cuchillo en las costillas del Maracucho, le dejó libre y le abrió las puertas de la sala.

Nada se dijo por unas fracciones de segundos.

---" ¡Mulato! Me gustas, chico. Tienes cojónes y grandes. Pero ten cuidadoque estuviste muy cerca de morir esta noche. Ahora, véte al carajo y no vuelvas por un laaaaargo tiempo."

Ambos visitantes desaparecieron rápidamente en la semi-obscuridad del pasillo por el que minutos antes habían llegado. El jóven periodista fué el primero en llegar a la callejuela lateral. Cuando divisó a Malandrio, dió un suspiro hondo. Se sentó por unos segundos en la acera mojada por la humedad del amanecer.

--"¡Coño sí que fué cerca, primo!", le dijo.

--" Claro que sí, pero teníamos todas las de ganar. Lo que tú no sabías era que ese negro sentado en el medio de la mesa, representa a los guerrilleros haitianos peleando contra Papa Doc y que está más interesado en que nosotros ganemos la partida a que la perdamos del todo. El otro es jamaiquino, pero ese no dijo palabra."

---" El carajo que me apuntó con la pistola es uno de los revolucionarios locales que busca la anexión con Venezuela, en la esperanza de robar lo suficiente como para hacer su propio negocio en Curazao. Los otros son piratas y dicen cualquier cosa por un par de bolívares..¡Já, já, já!....¡Que sustón te llevaste, Maracucho del carajo".

Ambos caminaron riendo a carcajadas. Se abrazaron como si estuviesen borrachos y empezaron a entonar una guagira venezolana mientras andaban por entre los primeros turistas del día.



CAPITULO 3



Hotel Ingles.
Williamstad, Curazao.
Lunes 26 de Mayo.
Mediodía.

---" Quisiera ocupar un cuarto en el segundo piso, si es posible," dijo JC. al hombre que lo atendía.

--" ¿Su nombre, por favor?"

El muchacho le dió una tarjeta del periódico venezolano que contenía sus señas. Joaquín Carlos Amunátegui Errázuriz. Periodista.

--" ¡Oh! ¡Si señor! Tenemos una reservación para Ud. La hicieron directamente desde Caracascreo que un señor de nombre "Don Julio", si no me recuerdo mal. Esta tarde, un poco pasadas las dos, la pieza estará disponible para que usted la use. Mientras tanto, si Ud. así lo desea, puede dejar su equipaje aquí, con uno de mis muchachos", le replicó el empleado.

JC. asintió con la cabeza y desde  su bolsillo trasero sacó la billetera para cancelar, por adelantado, los primeros días de su estadía.

--" No se preocupe Ud., señor Amunátegui."

---" Jota Ce, JC., me gustaría más.."

---" Bien, señor JC.", dijo el empleado sonriendo un tanto nervioso.

---" Como decíapuesno se preocupe usted, señor JC., que todo ha sido arreglado de antemano. ¿Quiere Ud. pasar por nuestro comedor mientras tanto?", preguntó el concerje.

El muchacho aceptó la invitación sin antes dejar de escuchar el reclamo del empleado.

---" Yo no sé de dónde ni pór qué, éstos venezolanos tienen nombres tan extraños. Todos quieren llamarse en clave. Y queJota Cé o el Maracucho¡Qué gente más extraña, Dios mío!"

El chileno no le prestó atención o, simplemente, no quiso crearse un problema adicional. Así, entónces, unos minutos más tarde almorzaba copiosamente en el restaurante adornado al estilo victoriano. Grandes espejos sobre murallas tapizadas con género de fuertes colores, uno que otro cuadro de Jules Alexandre Grun, en marco dorado, mesas ovaladas del tipo Reina Ana, para pequeños grupos y colocadas sobre vistosas alfombras persas, en un ambiente controlado.

Estaba ahora en los postres. Guayaba con queso blanco y un cafe costarricense por consejo del maitre. Pidió otra taza y se dispuso a esperar por unos segundos. Cuando el hombre llego con su pedido, se acercó un tanto al oído del jóven y le susurró:

--" ¿Es Ud. el periodista chileno que acaba de llegar de Caracas, verdad? Tengo un recado para Ud. Esta noche, a las ocho de la noche, lo esperan en la esquina que está a la derecha de nuestra puerta. Tiene que ser puntual...es importante que así sea. Gracias y, por favor, pague la cuenta en la caja...a la salida."

Cuando JC. quiso asegurarse del recado, el mozo ya se había retirado. En su lugar, apareció otro individuo que se dedicaba enérgicamente a recoger los platos sucios. Al mozo, solo le divisó la espalda roja de su chaqueton de trabajo.

Era un poco tarde para averiguar cualquier cosa.

Todo le pareció un poco extraño pero, dada las circunstancias, se veía justo. Pensó de inmediato que, tras toda esta escena, debía estar el famoso Maracucho con quién, seguramente, tendría la cita en cuestión. Se levantó al terminar la merienda, pagó la cuenta tal como le habían indicado, compró una caja de cigarrillos ingleses y tuvo intenciones de regresar a su pieza.

Eran cerca de las dos de la tarde.

Para pasar el rato que restaba hasta el momento en que le entregasen el cuarto asignado, JC. se fué por la calle del hotel hasta el mercado, buscó algunos objetos que le interesaban y, entre ellos, adquirió una cámara fotográfica a un precio increíblemente bajo. Paseó por uno de los muelles  donde estaban amarradas algunas barcazas y, después, visitó por unos instantes al inmenso puente movedizo que atravieza la bahía de Williamstaad, para dejar paso a inmensos transatlánticos de turismo. Se detuvo para observar las construcciones locales, los canales interiores del puerto y le pareció extraordinario ver molinos de viento bajo el calor tropical del caribe.



CAPITULO 4



Esa misma noche.
20:00:00 horas.

Quizás había usado demasiado tiempo porque cuando pensó en sus diligencias, ya había obscurecido. Decidió regresar inmediatamente al hotel.

Entró al living.
Eran las ocho de la noche.
¡Maldición!
¡Eran las ocho de la noche!

Uno de los mozos se le acercó y le dijo algo al oído. Cómo resultado del secreto, JC. salió hasta la calle, dobló a la derecha y se detuvo en la esquina que le habían indicado.

--" ¡Púchas que´stá obscuro!", penso, " Que tremenda diferencia con la iluminación en el mercado, donde todo es amplio, grande, claro y bullicioso".

Pasaron unos minutos.

La monotonía se interrumpió con el caminar de un peatón solitario que se esfumó rápidamente en la nada de la callejuela. De ponto, en la esquina de la cuadra anterior, apareció un automóvil. JC. pareció no darle importancia. Espero paciente mientras el carro se acercaba lentamente hasta detenerse a unos pasos y bajo el farol inmediato. En ese momento su chofer, que miraba extrañadamente hacia el lado contrario, estiró la mano por afuera de su ventanilla, agarró la manilla y abrio la puerta trasera. .

Por razones obvias y, mayormente por seguridad personal, JC. se negó a subir. En cambio, le miró como esperando una explicación.

--" ¡Suba, señor Jota Cé", dijo el negro al volante, mientras continuaba mostrando la parte posterior de su cabeza enrulada.

Esta vez, el muchacho aceptó la invitación. Al entrar, vió la sombra del pasajero e, inmediatamente, reconoció en ella a su compañero de trabajo.

--" ¡Maracucho, por la cresta! ¿Qué diántres estas haciendo en éste coche ?", exclamó el joven periodista usando todos los localismos chilenos que se le vinieron a la mente.

--" Sube, chico y pregunta después, vale", le contestó el mulato apoltronado en el asiento trasero, con su cuerpo ladeado contra la ventana derecha del vehículo.

--" Sigamos, Malandrio!"

---" ¡Ah!Pero ¿Quién es Malandrio?"

---" No importa. Yá te explico, vale. Malandrio, vamos directamente al muelle", le dijo al conductor.

--" ¡Qu'iubo, mi querido chilenaso!¡Mi roto amigo! ¿ Listos para emprender la gran travesía?" preguntó Malandrio mirando por el rabadillo del ojo através del espejo retrovisor.

--" ¿La gran travesía?...¡La gran travesía!..pero ¿De qué?", preguntó preocupado JC. "¿Qué maldición es este misterio que vienen trayendose Uds. dos ? Ya me tienen medio cabriado con sus frases raras, con sus cosas extrañas y misteriosas, viajes con contraseñas y, mientras tanto, dejando a todo el mundo a la espera de algo que no llega. ¡Tu desaparición no le hace gracia a nadie, Maracucho! Todos están preocupados por tu extrañeza, tu silencio y tu estupidéz. Mejor es que me expliques, de una vez por todas, si no quieres que arme un tremendo zaperoco...como dicen Uds." El muchacho se mostraba bastante molesto. Podía notarse un poco de violencia en su tono.

--" ¡Cálmate, chilenito del carajo! Te explicaremos todo mientras caminamos a la cita. Pero antes, díme, qué sábes tú de todo lo que está pasando aquí?", preguntó inocentemente el Maracucho.

--" ¿Quequeque sé de todo esto?....pues ni un diantres. ¿Cómo voy a saberlo?.."

JC. pudo ver la cara del Maracucho cuando se encendió un fósforo al prender  Malandrio su inmenso habano. Miró a su amigo seriamente por unos instantes. Lo veía más delgado pero, quizás, más inquieto que nunca.  El Maracucho aprovechó la llama para acercar su cigarrillo.

--" ¡Nada, chico! Don Mario te dijo que vinieras a buscarme, Don Julio te pidió que le ayudaras y aquí nos tienes...a poca distancia de tu noticia preferida."

Estaban cerca del mar. JC. sintió el olor marino.

Nuevamente hablaba el mulato.

--" Te lo diré en pocas palabras. Viajaremos a Maiquetía llevando unas armas  que Malandrio, aquí  presente, acaba de comprar para los guerrilleros venezolanos que esperan en las montañas de la costa para iniciar una revuelta militar. ¿Entendiste ahora, chileno cabrón?"

--" Esta insensatéz de que tú hablas", le replicó JC., "es tan sólo tu opinión personal. Miles de tus otros compatriotas piensan lo contrario...me figuro. De otra forma, no me explico cómo pueden llevar tantos años bajo el mismo régimen. Me figuro que, o están acostumbrados a la dictadura militar, o son extremadamente lentos en reaccionar a las maldades de los militares en el poder o, finalmente, son enfermos mentales.¿No te parece?"

--" Ya ves, chileno, la tuya es otra opinión más, porque nosotros lo vemos diferente. Y, nunca te olvides que éste juego es nuestro. De nadie más. Podríamos invitarte si te portas bien, pero si no lo hacespuespuedes irte al carajo´rita mismo!". El que hablaba, ahora, era Malandrio.

Le interrumpió el Maracucho.

--" No seas tan rudo con mi querido amigo. Déjame aclararle un poco de éstas cosas y, a tí, chileno, te diré en pocas palabras lo que pasará dentro de unas horas. Nos embarcaremos en un botecito a la vela que consiguió un amigo de mi amigo aquí presente. Este amigo de mi amigo, es un individuo a quién todos acusan de piratería"...

Pero lo interrumpió JC.

--" ¿Piratería, dijiste?"

---" Bueno, chico, también podríamos ponerle otro título, para que te sea más suave y te guste el nombre. Podríamos llamarlodigamospatriotismo interesado. ¿ Te gusta, gran carajo?

---" ¡NO!..¡Por supuesto que NO. Lo encuentro innecesario.absurdofalto de tino y revolucionario."

---" ¡Já! ¡Dijiste la palabra mágica, chileno de mi alma! ¡Por supuesto que es revolucionario y también, es patriótico. dadas las circunstancias. ¿No te parece?

---" Puessi pones así las cosasme parece bién" dijo como avergonzado el periodista chileno.

---" Bueno, entónces, para no perder más tiempo con explicaciones innecesarias.dadas las circunstancias, por cierto número de dólares americanos...verdes y de los buenos, como Dice Malandrio aquí presente..."

--" ¡Malandrio..!"

--" ¡Coño! ¡Déjate de boberías, chico, y sigue escuchando mi explicación...mira que te conviene! Nos embarcamos dentro de unos minutos llevando estas armas a las costas venezolanas. Allí, las enterrarán en la arena algunos individuos de Don Julio que están en la playa desde hace unas cuantas horas mientras que, nosotros, haremos como que nada ha pasado en estos días. Eso es todo, por ahora. ¡Fácil! ¡Verdad?", dijo el Maracucho con su tono más simpático.

--" Bueno..pero ¡Qué diablos!", respondó el jóven chileno. "No tenemos otra alternativa que la de seguir bailando esta guajira. Entónces, así como están las cosas y por lo avanzado del proceso, pues, no me queda más remedio que el de ser testigo de lo que pasa y, en el camino, conseguir una buena historia para el diario."

---" ¡Bravo, muchachito de un Chile democrático que actualmente no necesita de éstas indignidades! Acabas de ganarte un premio por tu agudéz política!"



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Joaquin Vergara Urrutia
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CAPITULO 5



Puerto de Williamstaad,
En Curazao.
Antillas holandesas.
Martes 27 de Mayo.
06:33:11 A. M.


Y llegaron a su destino.

Estaban, ahora, en uno de los muelles de Williamstaad, frente a una especie de goleta pintada enteramente de negro.O, quizás, podría ser una lancha pesquera. A su bordo les esperaba un muchacho blanco, de pelo rubio y ojos azules.

El "típico holandés", pensó JC.

Se bajaron todos y fueron recibidos con abrazos, palmoteos y grandes sonrisas.

--" Al fin, mi hermano", dijo el rubio," los negritos haitianos estuvieron aquí hace unos momentos y embarcaron las cajas que uds. esperaban. Ningún problema, chico. Estamos listos para zarpar de manera que, si gustan, pueden bajar a la cámara que está debajo de la línea de flote y descansar mientras comienzo las maniobras de zarpe", dijo el patrón.

Así lo hicieron.

Los tres bajaron a lo que podría ser un camarote y comedor, con varias hamacas colgando entre los palos de soporte de la pequeña nave, una mesa en el centro y una cocinilla hacia la proa. Más allá, estaban las cajas traídas por los haitianos.

--" Aquí tengo algunas arepas de carne mechada, un café para el que quiera o una buena cerveza Polar para el que se le antoje", dijo aquel hombre a quién llamaban catire, cómo se le dice en Venezuela a los rubios, explicando que tres de sus muchachos estaban en la maniobra de zarpe.

El inmenso bote comenzó a moverse a medida que el motor se hací escuchar, las amarras sueltas a sonar  y la madera a crujir como cuando aprieta una contra otra.

Iban camino a Venezuela.

JC. se sintió desorientado por completo. Poco sabía de cuestiones marineras pero le entretenían las maniobras de los hombres que navegaban el gran lanchón.

Lentamente, la embarcación entró en mar abierto. Trás su estela, desaparecía Curazao, achicándose cada vez más, mientras que a la lontananza, se encontraban las playas de Maiquetía, en las que un pequeño grupo de hombres esperaban, anciosamente, la carga con que iniciarían su esperanza de libertad.

Muchas veces, durante el corto viaje, JC. se encontró con sus amigos de travesía quiénes parecían haber cambiado de ánimo, de aspecto. Parecían personajes diferentes. No hablaban mucho y, cuando lo hacían, era con sílabas o fraces cortas. Miraban, observaban ansiosamente hacia el horizonte.

El jóven capitán se acercó en más de una oportunidad para explicarle algo de la navegación misma. JC., que no entendía mucho de estas cosas, prestaba atención y se absorbía en la narración.

--" Y Ud. ¿Qué hace en éste merengue?', le preguntó el periodista chileno, en un momento.

--" Dinero, mi querido amigo. Ellos son los idealistas y, creo yo, tiénen razón hasta cierto punto. Mi idea personal,es dinero y nada más. Yo soy holandés, nacido en tierra firme, pero llegado a estas costas cuando era muy pequeño. Mi padre me enseñó su oficio", explicaba el jóven marinero mientras observaba algunos instrumentos.


--" ¿Cuál era el oficio de su padre?", preguntó sin darse cuenta.

El rubio sonrió, se sacó la gorra marinera y ,tomándola por su visera, se rascó brevemente el frente de su cabellera.

--" Viajero, decían mis familiares. Contrabandista de licores, diría yo. Bueno, el asunto es que, en muchas oportunidades, viajé con él por estas costas. Estuvimos en Cuba en varias oportunidades. Sacamos ron de Jamaica y lo llevamos a otros puertos. Si por allí nos topabamos con algo más contundente pues, decíamos que sí y lo hacíamos encantadossiempre y cuando se nos pagara bien. Todo dependía de la cantidad en juego...."

JC. quería saber más. El marinero se dió cuenta y prosiguió su relato.

--" En los últimos tiempos, las cosas se han vuelto...pues... muy revoltosas para todos ¿Sabe? Digámos que de éste hecho nos estamos aprovechando el Libertador y yo. Ah, tengo que explicarle que El Libertador es esta barcaza. La compré hace algunos años, cuando navegaba con un amigo venezolano. Nos dieron buenos contratos pero una noche, en las costas de Jamaica, nos sorprendió la policía maritima británica llevando algunas cajas de ron con destino a La Habana. Además, nos pillaron con un poco de oro...pero esas son cosas que pasan y ahora están...puesen el pasado. Afortunadamente yo tenía gran parte de mi dinero en un banco norteamericano, en Nueva York, y es por eso que no perdí gran cosa. Mi amigo, por su parte, se quedó miserablemente en la calle."

Obviamente, pensó JC., este holandés sabe lo que quiere.

En medio de esta conversación se detuvo frente a ellos uno de los subordinados deciéndoles que habían divisado un barco petrolero.

--" ¡Detengan las máquinas y vamos a pescar un poco!", ordenó el catire.

---¿ ..Y para  qué? ¿ No sería más fácil continuar nuestro camino, como si nada hubiese pasado?", preguntó JC. sintiéndose de pronto un poco ingenioso.

---" Ni hablar, mi querido amigo. En estas cuestiones de contrabando,o como pudiesen llamarse, ninguna precaución está demás. Por otra parte, bien podríamos usar un poco de pescado para nuestro almuerzo de mañana. Así es que, manos a la obra. A contar de este momento, todos nos convertimos en fieles pescadores de alta mar." dijo seria y cortadamente,  mientras se disponía a dar las órdenes correspondientes.

Así pasaron casi por dos horas. El barco, era un tanquero con bandera panameña que, seguramente, había cargado petróleo en Aruba con destino  a la Shell de Maiquetía.

La inmensa nave en cuestión, siguió su camino sin demostrar nada extraño pero JC. pudo comprobar que, en todo momento, eran observados con anteojos de larga vista, desde el puente de mando del petrolero.

---"Curiosidad", pensó.

Ya estaba anocheciendo cuando el holandés decidió continuar la marcha. Pero antes, ordenó que sirvieran algo de comer a sus amigos y, lo más importante, a su tripulación. JC. se alegró. Quizás por culpa de la brisa marina, quizás por la hora o talvéz por el inicio de la obscuridad, pero el asunto fué que la órden hizo que los tripulantes se alegrasen.

Era una buena oportunidad para saber lo que estaba sucediendo con sus amigos. La mesa redonda les permitiría conversar sobre asuntos más directos, saber lo que ocurría, para dónde iban, dónde estaban, en fin, toda la información necesaria.

Todos bajaron y comenzaron a cenar casi de inmediato.

--"¿Y que pasará una vez que hayamos llegado a nuestro destino?" preguntó el periodista.

--" Don Julio estará allí con algunos de sus hombres. Enterrarán las cajas en la arena de Maiquetía y nosotros, seguiremos viaje a Caracas para continuar con nuestras vidas, como si nada hubiese pasado en estos últimos días", dijo Malandrio con su boca repleta de carne y ensalada de tomates.

---" Imposible", replicó JC.," nadie puede ausentarse de ningún país por más de un mes y llegar a su medio ambiente así como así...sin explicaciones. No somos caballos de circo...de aquellos que entran a cualquier sitio como si estuviesen en su casa."

---" ¿Cómo que?¿Caballos de que..?" preguntaron todos, casi al unísono, sin entender el proverbio chileno.

--" Nada, joder, no lo entenderían. Hay que buscar una explicación. Hay que decirle algo a la gente que desde hace días los está esperando. Van a tener que hablar de eso con el Director...hay que..." quiso seguir JC. pero fué interrumpido por el Maracucho.

--" ¡No hay que decir, NADA, chico ! ¡No hay que decir un carajo! ¡No seas tan iluso, cabrito chileno! ¡No estás viviendo en Chile donde, en éstos tiempos por lo menos, todo está  tranquilo. En un país donde hay una democracia total y absoluta. Donde la gente tiene sentido de democracia, carajo!"

---" En cambio aquí, todos sabemos lo que está pasando y el que más sabe de todo esto es tu propio Director. ¡Apuesto a que no te habías figurado eso, chileno cabrón! La empresa no está conspirando en contra de nadie pero todos sabemos lo que sucede entre banbalinas y es por eso que nos mandaron a Curazao...para ver cómo puedo enredar a ésta gente en el corazón de la historia."

---" Se te explicó bién claro, antes de salir en mi búsqueda. Me figuro que el Director o Don Julio, te habrán hablado de ésta situación. Ellos conversaron contigo sobre algo...¿Verdad?

--" Indudablemente que hablaron conmigo", replicó un poco aturdido por el tren que había tomado la conversación.

---" No tenía la menor idea del por qué lo hicieron peroSI¡Hablaron conmigo. Despuesencontré que ustedes se traían todas estas cuestiones bajo el brazo y me pregunté el por qué. Yo soy periodista. No soy un espía ni un individuo de doble cara. Yo trabajo para informar a la gente de lo que está sucediendo alrededor de sus vidas. ¡Yo sólo soy testigo de las cosas!"

---" ¡AH, Chileno bendito! ¡Esa es la palabra mágica! Testigo, muchacho!", replicó el Maracucho." Además, necesitabamos el refuerzo. Necesitamos que alguien cuente el ángulo diferente, el corazón del problema que no es otra cosa que el bandidaje, el asalto y la muerte de una población venezolana digna de algo mejor, digna de respeto como seres humanos y partícipes del sueño de Bolívar. Porque, mi amigo, ésa es la realidad de ésta historia."

--" Y de que diáblos voy a escribir cuando todo lo que sucedió, antes de que me metieran en este tinaje, no lo presencie ni lo conozco." replicóo JC.

---" Cada uno tiene que escribir lo que sabe", dijo el Maracucho. "Lo juntamos y, como se hace en las revistas, hacemos una sola historia escrita por el redactor jefe de la compañía.¿No te parece simple?....¿Qué clase de periodista eres, entónces?," preguntó en forma insolente el redactor venezolano.

JC. iba a continuar con la discusión pero decidió dejar de lado el tema. El Maracucho y sus amigos tenían la razón. "Un chileno de hoy", pensó," no puede medir éstas andadas porque no conoce el camino."
continua.
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Algo sobre el autor
"TRAICION EN MAIQUETIA"
Una novela de accion revolucionaria, en la Venezuela de un dictador sanguinario.
Historias chilenas
Resumen.
Una historia socio-politica en la Venezuela de ayer. Todo el sistema de espionaje y muerte que antecedio a la caida del dictador General Marcos Perez Jimenez. Nuestro joven periodista chileno viaja a Curazao para conectarse con el principio de la revolucion que inicio el el proceso mas efectivo y audaz de su historia.